Fabián Puerta era ciclista, híperactivo y repartidor de lavadoras

Fabián Puerta nunca fue capaz de quedarse quieto por más de medio minuto. “A mi casa llegaban a poner quejas porque era peleón y fastidioso. Del colegio alcanzaron a llamar a mi mamá todos los días de una semana. Por eso fue que cuando ingresé al Club de Ciclomontañismo Chaquiñanes, el presidente me apodó ‘Chispas’, porque decía que era muy alborotado y muy ‘chispudo’”.

Todos le temían en la vereda La Chuscala, en el municipio antioqueño de Caldas. Sino estaba trepado en un árbol arrancando pomas, podían encontrarlo correteando los caballos de fincas vecinas. Incluso en la casa le temían porque, para dar un ejemplo de su incapacidad para quedarse sereno, antes de cada comida rebuscaba en las ollas de su madre para ir probando.

Lo metieron en karate y en fútbol, pero se dedicaba a jugar en la arena en lugar de patear el balón. Lo único que lo calmaba era el ciclismo, que había aprendido a los cinco años en una bicicleta roja, primero con las rueditas de apoyo en la casa de la abuela y después en la calle y sin ayuda para que aprendiera a mantener el equilibrio. Antes de eso se cayó varias veces.

Soñaba con correr un Giro de Italia. Eso decía. Pero a veces el ciclismo no era suficiente. A los 14 años, se hizo amigo de una señora que administraba un negocio de alquiler de lavadoras. “Eso sí, desde niño fui muy trabajador”, dice él antes de recordar los pocos días en que adobaba carros. La señora, de nombre Ángela María, lo contrató para que entregara las lavadoras en una moto roja cuyo exosto aturdía. “Yo sé manejar”, le dijo Fabián, antes de arrancar y chocarse contra una palma. No tenía ni idea, pero aprendió con el error. 

Le pagaban 5.000 pesos diarios por sus aventuras y su padre Julio César, transportador de motos en camiones, se sentía orgulloso. A 'Chispas' se le llegaron a caer las lavadoras del tráiler y éste en varias ocasiones se desenganchó y debió perseguirlo. Tuvo que subir varios pisos a llevar los encargos y regresar para recogerlos. Y aún así seguía con energías para seguir fastidiando al resto.

“Yo nunca hice trampa en un examen porque ni siquiera los presentaba. Perdí dos años escolares y mis profesores nunca me tuvieron fe. A veces me los encuentro ahora y me dicen: ‘Usted era tan plaga que siempre pensé que no iba a llegar a ningún lado’. El ciclismo me ajuició”, sentencia. Lo ajuició y lo convirtió en el mejor pistero del país.

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