Mauricio Ortega: el lanzador de Urabá que lucha todos los días

Casi todos los habitantes del Urabá parecen deportistas de alto rendimiento. Cuando uno recorre los municipios de la zona costera de Antioquia, encuentra extremidades largas y cuerpos atléticos que encajarían en el fútbol, el atletismo y las pesas. De hecho, esta región de unos 510 mil habitantes, aportó 14 deportistas a los Juegos Olímpicos de Londres 2012: en salto triple, vallas, 100 metros, salto alto, martillo, jabalina, 4x100 relevos y halterofilia.

¿Cómo? Si muchos aspirantes de esta zona en el deporte nacen de la nada: con insuficiencias económicas y algún trauma con la violencia que los azotó en la década de los 90 y principios de siglo. Sencillo: se logran superar por unos factores que se mezclan: la velocidad y la fuerza del africano, la picardía paisa y el deseo inconmensurable de superar lo precario. 

Uno de ellos es Mauricio Alexánder Ortega Girón, quien posee una fuerza anormal para lanzar el disco. Nació en Apartadó el 4 de agosto de 1994, pero personas que vieron su proceso (como el entrenador Wílder Zapata, quien además fue quien descubrió a Caterine Ibargüen), aseguran que algún día será medalla olímpica. “Amén. Para eso trabajo”, dice el espigado deportista que narra su historia en primera persona para Señal Deportes.

“Antes que ser lanzador, yo era futbolista y basquetbolista. Yo estaba en un centro de formación con el señor José Inés Blandón Lemus, pero a él lo asesinaron a balazos hace más de cuatro años y decidí retirarme por un tiempo. Volví a retomar las actividades y un entrenador de pesas que vio mi contextura, me dijo que yo servía para el lanzamiento y me presentó al profesor Ferney Romaña. Lo que más me gustó del atletismo fueron los viajes, jeje. Es que en fútbol y basquetbol no se podía y me gustó la idea de ir a competir a Medellín. Sin embargo, yo no lo cogí muy en serio. Era muy intermitente y sólo decidí dedicarme completamente al verme obeso, insensible y con pocos aportes a la sociedad. Yo incluso tenía un grupo de compinches con el que fácilmente terminaba en peleas, además, era muy impaciente, reaccionaba como no debía.

Entonces decidí cambiar. Ferney Romaña me enseñó todo sobre esta disciplina: a lanzar, pero también a ser fuerte en los entrenamientos para que las competencias fueran descanso. Me llenó de ganas, me hizo madrugar y trasnochar para hacerme mejor. Eso fue importante, porque podía tener el biotipo, pero está comprobado que el tamaño no lanza, sino las ganas y el esfuerzo. Por eso antes de cada ejecución, oro y me hablo a mí mismo: ‘Concentrado, papá. Vamos a sacarla del estadio. Vamos con Dios’.

Mis entrenamientos con Ferney eran durísimos. Estudiaba en la tarde en el Colegio Cadena Las Playas, pero casi no dormía porque tenía sesiones de 5:00 a.m. a 8:30 a.m. y de 7:00 p.m. a 9:00 p.m.. A las 2:00 p.m. entraba al colegio y apenas salía, me esperaban en la pista. Yo sólo descansaba los domingos y los sábados en la tarde. En mi familia me apoyaron mucho y eso fue fundamental, además ya varios parientes habían sido deportistas: mi papá jugó en la Selección Chigorodó de fútbol, un tío jugó en Nacional y otro en Envigado.

Ese apoyo me ayudó muchísimo porque yo vivía con mis abuelos, mi mamá y mi hermana, y también éramos vecinos de una prima con su marido y de mi madrina con sus hijos. Todos me enseñaron muchas cosas, por ejemplo de mi mamá, que es gerente de RCN Radio en Apartadó, aprendí a expresarme mejor, a no quedarme pegado en las palabras y a no intimidarme ante un micrófono.

En fin, éramos muy unidos. Y por eso fue tan difícil dejarlos cuando en 2010 me fui a vivir solo a Medellín, a la Villa deportiva Antonio Roldán Betancur, donde encontraría más implementos y más oportunidades para salir adelante. Pero todo valió la pena porque esta ciudad me ha enseñado muchas cosas: a luchar, a ser más guerrero y a darle más importancia al estudio, por eso ahora curso el cuarto semestre de educación física Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid y a veces tomo clases de inglés.

Además, acá en Medellín me pusieron apodo y pulí mi personalidad. Ahora me dicen ‘Minga’, porque me parezco a otro lanzador llamado John Fredy Zea que tampoco sabe por qué le pusieron así. Y aquí me hice las trenzas, porque en Apartadó tenía afro. En Medellín he crecido muchísimo, tanto personal como físicamente.

Ahora mido 1.87 y peso 106 kilos. Pocos se atreven a pelearme, aunque ahora recuerdo uno que lo hizo y le fue mal. Iba caminando por el Parque Berrío y un hincha de Nacional se me acercó a pedirme dinero. Le dije que no, me insistió, me dijo que por eso es que ellos decidían robar, porque nos les daban monedas. Entonces agarró el bolso que llevaba y yo de reacción, saqué el codo y le pegué. El muchacho quedó tendido en el piso, casi inconsciente, y ese día comprobé que después de todo este entrenamiento, sí puedo agredir fuertemente a alguien. No es mi propósito, porque las peleas son para los ‘atarbanes’.

Incluso, yo soy un admirador del reggae y de la paz que promueve en sus letras. Me encantan las canciones de Bob Marley, Kymani Marley, Ziggy Marley y Kerwin DuBois, aparte escucho bastante música cristiana. Pelear no va conmigo. Yo sólo lucho contras las adversidades, como mi gente. El Urabá son puras ganas de salir adelante porque sabemos que a pesar de la falta de apoyo, todo depende de uno”.  

Foto: EFE.