Rigo se escapaba de los pelotones y del colegio

Para escapar del colegio solo se necesitaba voluntad y saber trepar una reja de menos de tres metros de alta. Rigoberto Urán se las ingeniaba para salirse del salón, dirigirse hacia la piscina y trepar por detrás de los camerinos para quedar libre. Una vez afuera, caminaba hasta la plaza o se desplazaba unos kilómetros para bañarse en el río Penderisco a la altura de la vereda el Volcán. Justo allí, a tres kilómetros del pueblo, se abrió una de las primeras heridas de su vida.

Ese día llevó la primera bicicleta que le regalaron: una pequeñita de chasís y horquilla de aluminio, y de manubrio y rines de color rojo. ‘Wicho’, ‘Loco’, John Dayro, Sebastián y Carlos se desviaron de la vía principal por una carretera y dejaron sus pertenencias cerca de la orilla. La corriente y las pocas piedras del río no fueron ese día tan entretenidas para Rigoberto. Lanzarse de un puente aledaño tampoco. Así que se le ocurrió retar a sus compañeros. Vio un pequeño morro a dos metros del agua y les dijo:

-¡Vamos pues a clavar con bicicleta!

No lucieron muy convencidos y uno le respondió que después de él. Así que se salió mojado, se montó en su bicicleta sin zapatos, se alejó unos cuantos metros de la orilla y pedaleó con fuerza y gritó en el aire antes de caer en el agua helada. Su cabeza salió después de unos minutos ante la risa de sus amigos. Mostró gestos de preocupación y miró hacia los lados como buscando algo:

-¡Parce, la bicicleta!

Corrió por la orilla hasta alcanzarla, clavó de nuevo y la sujetó antes de que se la llevara la corriente. Cuando se salió una vez más, su espinilla sangraba y las risas se volvieron crueles. Al entrar al agua, el pedal le había abierto una herida cuya cicatriz duraría por siempre. “Parce, ya no nos queremos tirar”, respondió entre risas uno de la gallada. Nunca más volvería intentar clavar sobre su bicicleta.

Pero siguió zambulléndose en el río Penderisco. Cuando tenían más tiempo, se subían en una chiva hasta la vereda San José. Para esta aventura no llevaban bicicleta ni muchas pertenencias: solo se armaban de algún neumático que encontraran en el camino y cuando llegaban, se acostaban sobre la llanta y se dejaban arrastrar por la corriente hasta el pueblo. Las travesuras de Rigoberto en su infancia y adolescencia siempre tuvieron cómplices.

Ellos fueron los que agarraron un sapo cerca de la piscina y lo guardaron en el maletín de una compañera. También eran los que se sentaban detrás de una niña de cabello ensortijado a esperar a que dejara caer un par de piojos para cercarlos con palitos de madera y ponerlos a pelear. “¡Round número unoooo!”, gritaban.

Eran los mismos de siempre: los que se reunían en la casa de John Dayro a ver películas o a jugar con un Play Station que alquilaban toda la noche por 20 mil pesos. Los que se retaban cada tanto. “A ver quién dura más tiempo con el pelo largo”, propusieron un día. El ganador, al cabo de semanas, fue Rigoberto, porque siempre le gustó lucir con greñas. Pero mientras todos lo invitaban a comer en la panadería Flor de Trigo, en cumplimiento de la apuesta, a alguien se le ocurrió una nueva apuesta: “A ver quién es capaz de raparse con la cuatro y marcarse unas líneas con la cuchilla”.

Rigoberto se pasó la máquina y se puso una gorra para ocultar el nuevo peinado cuando reclamara el talonario del chance en Apuestas Penderisco. Pero no hubo forma de disimular la ausencia de sus largos cabellos rubios y aunque se salvó de pagar una apuesta, se ganó un regaño de su jefe. Pero eso simplemente fue una anécdota más para reír juntos. Se mantuvieron unidos por mucho tiempo.

No se separaban ni para comer en el colegio. Sacaban sus cocas, que por lo general contenían arroz y fríjoles, y se sentaban en uno de los bloques a ver pasar a los que sí tenían dinero para comprar en la cafetería. En el salón se sentaban juntos y al inicio del año escolar, cuando trataban de separarlos por el desastre que causaban unidos, protestaban hasta lograr que los juntaran otra vez.

Una vez se unieron para evitar los malos olores, al ver que una profesora dictaba la clase desde la puerta. “Bueno, muchachos. Si la profesora se sale es porque huele mal. Y vamos a descubrir al cochino para sacarlo. Pilas pues”. Santo remedio. Esa voz unísona tenía poder dentro del curso. Por eso los respetaban.

Rigoberto contó con al menos un cómplice mientras vivió en Urrao. No solo se limitaba al colegio, porque en los entrenamientos de la tarde también se juntaba con Juan David Laverde. Con él realizaba los recorridos por las veredas del pueblo y fue él quien lo apodó ‘El Pisco’, porque su cara se enrojecía mientras aumentaban las horas de pedaleo. Así lo seguirían llamando muchos en el pueblo.

Con él también estaba cuando se cayó en un entrenamiento al pasar por el sector El Brechón. Su cara fue la parte más afectada de su cuerpo y otro amigo, ‘El Cholo’, que había escuchado que las hierbas curaban las heridas, arrancó un poco de pasto, lo masticó y lo puso sobre el área afectada. En la clínica, horas después, lo regañarían por la curación. Y la cicatriz permanecería por siempre.

Varios de ellos recuerdan todavía con nostalgia esas aventuras, así hubiesen provocado castigos. Han pasado muchos años desde entonces. John Dayro estudió algo relacionado con manipulación de alimentos, Carlos Zapata trabaja en la plaza mayorista, David Benítez es administrador de sistemas de información, estudia terapias respiratorias y acompaña en moto a Rigoberto Urán en los entrenamientos por Antioquia. Y Juan David Laverde se retiró del ciclismo, se radicó en Urrao y se dedicó a ser entrenador de Downhill.   

Aun en sus nuevas vidas quisieran volver a revivir al menos un pedazo de esa época.

Por: Juan Diego Ramírez C., enviado especial Urrao. 

Foto: EFE.