Un campeón no tiene que ser excelente estudiante

Un código de seis dígitos basta para acceder a todo el pasado estudiantil de Rigoberto Urán en el colegio Jesús Iván Cadavid Gutiérrez. Eso dice el secretario académico Guillermo León Gaviria, sentado en una pequeña oficina repleta de registros y hojas empolvadas. El ruido de los alumnos en recreo llena el pequeño espacio.

–¿Qué necesita saber exactamente?

–Concluir si Rigoberto era buen estudiante.

El hombre se ríe con desconsuelo y comienza a buscar el código para acceder a todas sus calificaciones desde el 2000 hasta julio de 2005, año en que se salió del colegio para mudarse al municipio de Jardín. Guillermo León Gaviria se acomoda sus gafas y comienza a pinchar el cursor de su computador barrigón. “El código de Urán Urán Rigoberto cuando estudiaba era 0000027. Aquí están las notas”, dice con una sonrisa.

Abre un libro café lleno de letras grises, mira por encima del marco de las gafas y señala con su índice el reporte final de sexto grado en el año 2000. Insuficiente en ciencias, humanidades, matemáticas, tecnologías de la información e inglés. Y abajo, al lado de la palabra promovido, aparece una equis sobre un “no” en mayúscula. No perdería más años escolares, pero la inasistencia se convertiría poco a poco en su nuevo problema: por el ciclismo y porque sí. Se ausentó 88 horas en octavo, 53 en noveno y promediando décimo se fue para siempre.

Las materias nunca fueron una prioridad para Rigo. Por eso su nombre generaba discusión en las reuniones de profesores: algunos se alarmaban por sus notas y unos argumentaban que debían apoyarlo a toda costa en su carrera deportiva. Dora López todavía lo usa de ejemplo en sus clases de inglés: “Muchachos, miren el caso de Urán: no puso cuidado en clase sabiendo que por allá en Europa le iba a toca hablar otros idiomas”.

Luis Carlos Baena también habla de Rigo en educación física, pero su lectura es diferente: “Miren, Rigo no puso cuidado en idiomas, pero se esforzó como nadie en lo que era bueno y terminó aprendiendo inglés por el ciclismo”. En el colegio Jesús Iván Cadavid, Rigo estudió seis años, vio 66 materias y estuvo en un salón de clases por más de 6.200 horas.

Y en ese lapso, mientras veía a los profesores sin prestar atención o dejaba el libro abierto en la misma página durante toda la clase, su único deseo era salir para entrenar sobre su bicicleta. En su registro aparecen 26 aceptables y apenas seis excelentes, pero eso no trasnochaba a Rigo como sí los tiempos que obtenía en sus entrenamientos y que anotaba en un cuaderno desordenado. Tuvo que habilitar inglés y matemáticas en el último año completo que cursó en el colegio, pero pasó. El plan de vida que se fijó tras la muerte de su padre, aceptaba pasar o cumplir en la academia.

Lo mismo le ocurría en esta institución a Duván Alejandro Urrego, nacido en Urrao el 2 de enero de 1998 y quien se pasó del fútbol al ciclismo porque en el 2009 durante el Tour de Francia, decidió que quería emular a Rigo. Perdió cuatro años escolares: dos por indisciplina y dos más por ausencia mientras competía. Eso dice. Lo terminaron expulsando del colegio, pero continuó sus estudios en Medellín y desde hace tiempo integra la selección Colombia juvenil de pista. Su futuro estaba sobre el sillín, no sobre su pupitre.

Para los deportistas por convicción debería ser una exigencia el diploma de bachiller, en caso de que se atraviese un infortunio en el camino: lesiones, falta de apoyo económico o falta de suerte. El estudio, en esos casos, es el mejor Plan B. Pero las instituciones deberían también rodear a los deportistas e incentivarlos. Así le ocurrió a James Rodríguez en algunos de los colegios en los que estuvo.

En 2002, cuando Rigo cursaba séptimo grado, James estudiaba en ‘sexto 1’ del Colegio Tolimense de Ibagué y sus notas al final del año no fueron las mejores: tres sobresalientes, seis aceptables e insuficiente en matemáticas y en inglés. Ambas materias debió recuperar en tiempos de habilitación. En esta institución, a James no lo conocían por su participación en clase ni por sus tareas a tiempo. Todo lo contrario. Era distinguido por su zurda prodigiosa y porque siempre llevaba un balón debajo del brazo. ‘Palermo’, le decían algunos.

A Rigo le decían ‘Pisco’, pero su amigo David Benítez lo llamaba ‘Cochise’ de vez en cuando, por su pasión y juicio para entrenar en la escuela Óscar de J Vargas. Las tareas de ambos no eran las mejores, a veces no las entregaban, a veces las realizaban sus madres mientras ellos descansaban de la exigencia física. De vez en cuando, como en el caso de Rigo, le pagaba unos pesos a una compañera para que le ayudara con los quehaceres.

Y no los pueden juzgar si el plan de vida no consistía en ser el mejor en el estudio como sí en el deporte. Fue la intención de muchos. Julián Arredondo prefería recoger café y en especial montar en su bicicleta azul marca Raúl Mesa, en lugar de asistir a clase. Carlos Mario Oquendo exhibía sus mejores virtudes en el bicicrós, pero en el colegio no se esforzaba demasiado, por eso en un examen de química se sumó al grupo de copiones que miraban las señas que un compañero hacía con los dedos: el índice levantado indicaba la A; el índice y el corazón, la B; el pulgar, el índice y el corazón, la C. Y así.

Fabián Puerta nunca hizo trampa porque ni siquiera presentaba los exámenes. En su incapacidad para quedarse quieto, le apodaron ‘Chispas’, lo acusaron de pendenciero del salón y perdió dos años escolares en el colegio de Caldas, Antioquia. A veces sus profesores, que lo han visto por televisión sobre un podio, le admiten que llegaron a pensar que no iba a ser nadie. Algo similar le ocurrió a su cuñado Fernando Gaviria: casi pierde décimo en el colegio La Paz de La Ceja por inasistencia, y cuando un día regresó de ser campeón nacional, le notificaron que debía habilitar incluso educación física. La bicicleta los distrajo por completo.   

A Juan Guillermo Cuadrado lo desconcentró el balón. Cuando dejó atrás Necoclí para establecerse en Apartadó, se difundió con rapidez su reputación de buen futbolista y también de vago. De hecho, lo apodaron ‘El hombre araña’ porque asistía al colegio Alfonso López con una pantaloneta debajo del pantalón y en el primer recreo se saltaba un muro de casi tres metros para fugarse a la cancha de fútbol del barrio San Fernando.

Tal vez a todos les hubiera servido prestar más atención o realizar las tareas con más consciencia. Seguramente esforzarse más en matemáticas le hubiera servido más a James para administrar mejor los negocios paralelos a su carrera. Quizá llegar temprano a clase de sistemas le hubiera ayudado a Rigo a entender más rápido la naturaleza de las redes sociales que tanto le gustan. Pero si un profesor los hubiese obligado a habilitar demasiado en tiempos de entrenamiento o si les hubieran negado los permisos para competir en épocas de estudio, Colombia no tendría campeones de esta talla. (Escucha a Rigoberto Urán hablando sobre su difícil infancia).

Este siglo, especialmente, ha dejado claro que el deporte también es una manera digna de llevar una profesión en la vida y que los educadores deben amoldarse a cada talento. 

Por: Juan Diego Ramírez C., enviado especial Urrao. 

Foto: EFE.