El largo metraje de Luis Ospina

Por: Daniel Bonilla para En Órbita

Pura sangre

Viernes 16 de febrero, 10:00 p.m.

Son 68 años los que tiene Luis Ospina. Cuarenta y tantos de ellos dedicados al cine. O casi cincuenta, si contamos ese primer intento titulado Vía cerrada que realizó cuando tenía catorce y que, en sus palabras, reposa ya en la cinemateca del olvido. Desde entonces, se empezó a edificar una figura que, aún hoy, es pieza fundamental de la cinematografía nacional.

Productor, guionista, director, camarógrafo, sonidista, montajista y actor, también se debe hablar de él como consumado espectador, crítico mordaz, maestro de cineastas y gestor preocupado por llevar el cine a cualquier rincón donde sea posible apagar las luces e iluminar una superficie inmaculada.

Su más reciente tribuna ha sido el Festival Internacional de Cine de Cali, como director artístico, que podría considerarse como un nieto célebre del mítico Cine Club de Cali, fundado en los setenta por él mismo con la camaradería de sus amigos Andrés Caicedo y Carlos Mayolo.

Luis Ospina cuenta en su haber con más de una treintena de obras que abarcan la ficción, el documental y ese extraño híbrido del documental de ficción, donde la realidad se tiñe con el ropaje de la fantasía y viceversa. A manera de celebración, aquí va un repaso por cinco de sus largometrajes.

 

Pura sangre (1982)

La metáfora de un viejo que debe recibir constantes transfusiones de sangre fresca para mantenerse con vida, logra retratar a una sociedad enferma en la que el poder está enquistado. En 1983, esta cinta obtuvo una mención especial en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges, España. Es una película que pone al descubierto algunos aspectos de la violencia que ha edificado a Colombia. También, uno de los primeros intentos por hacer cine de género y al que habría que mirar de nuevo: es justamente allí donde una cinematografía incipiente como la nuestra podría sostenerse. No solo de autores vive la industria.

 

 

 

 

Andrés Caicedo: Unos pocos buenos amigos (1986)

Este es el mito de Andrés Caicedo, narrado en la voz de sus colegas y amigos, con el telón de fondo de Angelita y Miguel Ángel, la película que el escritor caleño y Carlos Mayolo no pudieron concluir. Brinda un acercamiento sensible a la obra de aquel tímido tartamudo que prefirió morir antes que renunciar a sus sueños de juventud y que encontró en el cine una extensión de su pasión por el encerramiento y el horror. Para recordar, la hermosa escena de los fragmentos de Angelita y Miguel Ángel en la que llega el muchacho en bicicleta al teatro San Fernando de Cali con latas de películas y estas son subidas por una polea hasta lo alto del edificio, como si se tratara de alimento para un monstruo encerrado en una torre.

 

 

 

 

Soplo de vida (1999)

Incansable en su intención de hacer cine de género, Ospina construye un relato de corte policiaco sobre un guion de su hermano Sebastián. A su vez, logra una de las pocas ficciones que reconstruyen la memoria de la tragedia de Armero y hace un homenaje declarado al cine negro que produjo algunos de los clásicos más recordados de la época dorada de Hollywood. Con la actuación de la bella Flora Martínez y de Fernando “el Flaco” Solórzano, Soplo de vida es también un intento por dotar a Bogotá de una atmósfera oscura y siniestra. Allí se instala un personaje detectivesco heredero de grandes mitos norteamericanos como Philip Marlowe (de El gran sueño) o Sam Spade (de El halcón maltés).

 

 

 

 

La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo (2003)

De todo se ha dicho sobre Fernando Vallejo, pero posiblemente este sea el retrato más humano y conmovedor del escritor antioqueño. Una inmersión en su vida, en la desnudez de las cosas cotidianas que lo rodean, en su amor por los animales, en su odio desmedido por los políticos y la procreación, así como el recuento de un obra literaria autobiográfica que, en este documental, deja de ser mera anécdota para convertirse en una mirada a lo más profundo del alma de un hombre que, amando su patria, fue capaz de abandonarla y poner al descubierto toda su miseria. Fernando Vallejo, pianista, biólogo, cineasta y escritor por encima de todo, el hombre que no le teme a la muerte, pasa por la lente de Ospina como un personaje lleno de candor y esperanza, cuyas palabras pueden llegar a ser afilados cuchillos contra los poderosos o receptáculo de singular belleza.

 

 

 

 

Un tigre de papel (2007)

Las aventuras de Pedro Manrique Figueroa, poeta menor, revolucionario, viajero, vagabundo y artista, son una excusa perfecta para dejar entrever algo de la gran farsa de la historia de Colombia en un periodo de casi cincuenta años. Acá el compromiso no es con el relato fiel sobre un personaje real sino con la generación de un mito apócrifo capaz de alzarse con más fuerza que la misma realidad. Con esta película, Ospina recupera la idea de que la ficción no debe verse como un elemento derivado de la verdad sino como algo agregado al mundo que puede, eventualmente, cambiar su rumbo. Plantea que la memoria, como el cine, está hecha de material editable y que los recuerdos de una sociedad entera pueden ser modificados con fines artísticos. Si los poderosos lo han hecho durante toda la historia, como bien dijo en su momento George Orwell, ¿por qué el arte no podría hacerlo?

 

 

 

Muchas de las películas de Luis Ospina pueden verse en www.luisospina.com.