Bernardo Vargas, una promesa del boxeo forjada a orillas del río Sinú


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
Bernardo Vargas, una promesa del boxeo forjada a orillas del río Sinú / Coldeportes
Bernardo Vargas, una promesa del boxeo forjada a orillas del río Sinú / Coldeportes

Desde que tuvo uso de razón, Bernardo Vargas soñó con ser beisbolista. Las cientos de carreras que anotó en las improvisadas canchas del barrio La Coquera de San Pelayo, en Córdoba, y uno que otro daño en la viviendas de los vecinos como consecuencia de sus tremendos jonrones son prueba de ello.

 

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Sin embargo, Bernardo se despidió prematuramente de ese sueño en 2005. “Estaba en el colegio y sonó la campana para salir a recreo. De una nos pusimos a jugar béisbol con tapitas de gatorade y un compañero se lanzó a la base donde yo estaba. No alcancé a quitarme, me fracturó el fémur derecho y hasta ahí llegó mi sueño de ser pelotero”, recuerda con nostalgia este cordobés que en ese entonces tenía 11 años.

Meses después intentó volver a los diamantes del bésibol, pero su pierna no respondía como su cerebro le ordenaba. Era evidente que ya no tenía la misma fuerza en esa extremidad a la hora de correr o inclinarse para batear. Resignado, intentó aplacar la tristeza que lo invadía con largas jornadas de estudio o ayudando su mamá, Katia Inés Fajardo, en la finca que cuidaba a las afueras del municipio.

 

Mi infancia huele a leche, sabe a bocachico del río Sinú y suena a porro sabanero.

Bernardo Vargas

 

Bernardo cierra los ojos, suspira y dice: “mi infancia huele a leche, sabe a bocachico del río Sinú y suena a porro sabanero. Lo de la leche, porque le colaborábamos junto con Álvaro, mi hermano mayor, a Katia Inés en la finca donde trabajaba como cuidandera. Allá ordeñábamos las vacas y las cuidábamos. Lo del bocachico, porque ajá, ¿tengo que explicarlo? Y lo del porro, porque mi tierra es cuna de ese ritmo sabrosón”.

Alegría. Con ese sentimiento resume Bernardo los primeros años de su vida. No le importó que desde muy pequeño se quedara sin figura paterna, pues este decidió alejarse del hogar por acuerdo mutuo con su progenitora. Su hermano se convirtió en su modelo a seguir. Con él descubrió la lealtad, la admiración y se sentía protegido. Si Álvaro empezaba a jugar béisbol, a las pocas horas Bernardo estaba junto a él detallando todo sobre ese deporte. Si Álvaro se iba para alguno de esos festivales de porro, con toda seguridad llegaba con su hermano. Se hicieron inseparables, uno imprescindible para el otro.

El boxeo llegó a la vida de los hermanos Vargas, también por decisión del primogénito. “A la plaza de La Coquera llegaron unos entrenadores de boxeo. Mi hermano salió con unos amigos a ver de qué se trataba y le gustó la vaina. Que los jabs, que el recto, que el upper. Se metió, o bueno nos metimos, y practicábamos en las noches, porque en la mañana trabajábamos y en la tarde estudiábamos”, afirma el menor de los Vargas Fajardo.

Más allá de los pocos implementos con los que contaban en los entrenamientos, y que algunas veces les tocara remendar con telas de overol los desgastados guantes, “a ver si servían aunque fuera un poquito”, a Bernardo le preocupaba otro asunto, el de los golpes. Desde muy pequeño había tomado la decisión de ser cristiano evangélico, y eso de agarrarse a puños con su prójimo no le cuadraba con el estilo de vida que llevaba. “Hablé con el pastor de la iglesia donde me congregaba y me dijo que cualquier cosa que hiciera, si no me alejaba de Dios, no era mala para mi vida. Incluso mi entrenador me dijo que varios boxeadores profesionales eran cristianos y que no tenían problemas. Luego de escuchar esos dos consejos decidí empezar a entrenar. A dar todo de mí y no pude parar”, dice sobre el modo en que resolvió las dudas que lo aquejaban al respecto.

 

Ojalá me pueda convertir en ejemplo para que incrementen la ayuda en San Pelayo

Bernardo Vargas

 

No había vuelta atrás. Los bates y las carreras habían sido remplazados por guantes, golpes y cuadriláteros. Eran unos ocho alumnos entrenando por las noches en La Coquera. El talento que tenía Bernardo para boxear lo hizo sobresalir rápidamente y su primera pelea se dio a los pocos meses de iniciar con las prácticas. Fue en San Bernardo del Viento y terminó con un saldo victorioso para él. Más que la técnica, ese días se impusieron sus inmensas ganas de triunfo y el optimismo con el que se mentalizó antes del combate.

Luego vino el selectivo departamental en Montería. Ahí le ganó por K.O a un rival más pesado que él y en la selección de Córdoba se dieron cuenta que tenían un campeón a futuro. Y no se equivocaron. En 2009, durante el Torneo Nacional de Boxeo Junior se llevó el reconocimiento al pugilista más combativo. En los Juegos Nacionales de 2012 se quedó con la plata en la categoría de los 49 a los 52 kilogramos. En 2014 alcanzó el oro en el Torneo Nacional de Boxeo juvenil y en 2015 se quedó con el título de los I Juegos del Caribe Colombiano.

El sueño de Bernardo Vargas es integrar la selección colombiana de boxeo. Combinando los movimientos de Sugar Ray Leonard y 'Manny' Pacquiao, sus máximos ídolos en este deporte - por la rapidez y técnica que exhiben dentro del cuadrilátero - , espera obtener más logros para su departamento y para su natal San Pelayo, porque como él mismo dice: “de allá salen muy pocos deportistas por falta de apoyo y se quedan ahí, en el limbo. Ojalá me pueda convertir en ejemplo para que incrementen la ayuda en la parte deportiva, pues no tengo dudas que San Pelayo es tierra de campeones”.