Víctor Hugo Ortega divide sus días entre los clavados y el derecho


Señal Colombia
31 / 03 / 2017
Víctor Hugo Ortega, clavadista colombiano / Comité Olímpico Colombiano
Víctor Hugo Ortega, clavadista colombiano / Comité Olímpico Colombiano

Con la premisa de que el agua ayuda a curar el asma fue que Víctor Hugo empezó en la natación. Los ataques en las noches frías de San Antonio de Pereira, en Rionegro, Antioquia, eran insoportables. María Rosalba Serna, regente de farmacia, y Gustavo Ortega, médico, se encargaron de hacer más llevadera la enfermedad de su hijo comprando un nebulizador para no tener que ir al hospital del pueblo cada vez que los pulmones de Víctor se revelaban. El humo blanco en el que se transformaba el fármaco a través de la máquina calmaba momentáneamente la sensación de ahogamiento.

 

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Sin embargo, ya no era solamente la baja temperatura la que trastocaba todo en la casa de los Ortega Serna. Que una brisa esporádica, que el polvo de la calle, que un material alérgico, todo. “Era muy maluco. Vos queriendo salir a jugar pelota con los primos y no poder porque te quedas sin aire. Eso es muy duro y más si eres un niño”, dice Víctor. El temor de que la natación no fuera suficiente llevó a que María Rosalba metiera a su hijo en clases de gimnasia; entre más deporte mucho mejor.

Por ese entonces, la familia se había trasladado a Medellín por cuestiones laborales y era necesario encontrar un lugar para que el niño practicara ambas disciplinas. En la sede de la Universidad de Antioquia Víctor hizo parte del semillero de gimnastas, desarrolló una gran flexibilidad y coordinación. Incluso participó en algunas competencias departamentales en las que no estuvo en los primeros puestos, pero tampoco ocupó los últimos. Paralelamente, entrenaba en las piscinas de la Liga, al lado del estadio Atanasio Girardot, donde aprendió los estilos básicos de la natación. Era como llevar dos vidas: una en tierra y otra en el agua.

Con nueve años fue imposible mantener el ritmo y entregarse con el mismo esmero a ambas actividades por lo que fue necesario abandonar una. “Me la pasaba pensando en el agua a toda hora así que tomar la decisión no fue tan difícil. En la casa no me dijeron nada con tal de que siguiera en el deporte. Y así fue: me fui por la natación”. El exceso de ejercicio en las piletas lo llevó a cierto punto de hiperactividad y a querer participar en todo. Estuvo en el equipo de polo acuático, probó en las carreras (50 y 100 metros) hasta que Felipe Cuartas, un entrenador de clavados, preguntó quién quería hacer parte de su equipo.

“Me le medía a todo y levanté la mano. Fue muy charro porque yo era más grande que los demás. Normalmente, las iniciaciones se hacen desde los seis años y ahí se imparten las bases para esta modalidad. Yo no sabía nada de nada”. Víctor salía a las seis de la mañana de su casa en Bello, al norte de Medellín, para llegar una hora antes a las prácticas. Tomaba un microbús hasta la estación Acevedo y allí el metro hasta el estadio. Ese fue su recorrido durante siete años, seis de ellos en solitario pues convenció a su madre de que ya era lo bastante grande para hacerlo por él mismo sin la compañía de su prima.

El afán de arribar a las piscinas con tal antelación tenía una justificación. Víctor se encontraba con Jerry Jaramillo y Jhony Andrés Vera, compinches de entrenamientos y rivales de competencia, con quienes jugaban a lanzar las toallas para que cayeran verticalmente en el agua y simulando una entrada perfecta al agua. Cuando se aburrían, buscaron varillas e incluso rompieron algunas camas elásticas con las que practicaban para sacarles los resortes y lanzarlos al aire. Y si en los alrededores no había nada derecho y pesado, iban el día anterior a una ferretería y compraban las barras metálicas.

Los entrenadores de la Liga se dieron cuenta del inusual juego cuando un día la persona encargada del mantenimiento sacó toda el agua y las baldosas del fondo estaban quebrantadas. “Ese sonido de la entrada perfecta es muy lindo. A todos nos gustaba y nos generaba una satisfacción difícil de explicar. Recuerdo que nos prohibieron llegar más temprano y hasta ahí llegó el vicio. Éramos muy niños y no entendíamos que estábamos dañando la única piscina para entrenar clavados en Antioquia”.

Los peligrosos lanzamientos terminaron pero las travesuras no. La cabeza de Víctor es el prontuario que da fe de esos recuerdos. “Como pusieron candado, nos saltábamos la reja y empezábamos a jugar en los trampolines sin supervisión. Dos veces me rajé la 'testa' y me tuvieron que coger puntos. No controlaba el mortal y, claro, salía de la piscina echando sangre y llorando. Después de eso ni más. Más controlados pa’ donde”. Las lágrimas fueron una constante en la infancia de Ortega y no precisamente por los golpes. En su primera competencia, un campeonato infantil en 1999, quedó tercero en la prueba de trampolín tres metros y la frustración de no conseguir el oro desató el llanto. Sus saltos eran arriesgados pero faltos de técnica por lo que los jueces premiaron su temeridad con el bronce.

Intentar cosas que nadie más hacia lo llevaron a conseguir su primer oro en el mismo evento, esta vez en la plataforma de cinco metros. La risa triste y taciturna del primer podio se transformó en una risita honesta y prolongada que mantuvo en el trayecto de vuelta desde Pereira a Medellín mientras mostraba orgulloso su medalla. Los triunfos fueron llegando y con estos el reconocimiento. Hoy en día, Víctor es igual de arriesgado que en sus comienzos pero ya tiene la habilidad y la experiencia para que sus locuras resulten al momento de lanzarse al agua resulten. A sus 29 años sus días pasan entre las piscinas y las aulas de clase. Estudia derecho en la universidad EAFIT de Medellín gracias a una beca del 100% que consiguió por sus resultados deportivos.

Ya perdió una vez introducción al derecho con 2.92, materia que, como el dice, todo el mundo pasaba fácilmente. Supo organizar su tiempo para dividir sus jornadas de manera productiva. Después de tres años volvió a coger un cuaderno, a leer con detenimiento y a escribir sin errores de ortografía. “Las palabras de Hugo Castaño, decano de la facultad y quien me dio esa materia fueron certeras: ‘Usted es muy buen deportista pero acá también tiene que ser excelente. Mire realmente si tiene madera para ser abogado y póngase las pilas’. Eso fue determinante para mí. Al siguiente semestre pasé introducción y conseguí un grupo de estudio”.

 “Mi ilusión principal sigue siendo obtener un oro olímpico pero también quiero ser un gran abogado”, concluye un hombre que como combina giros en el aire, deberá compaginar los clavados con el derecho.