El destino quiso que Diego Fernando Cortés cambiara el fútbol por el tenis de campo


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
El destino quiso que Diego Fernando Cortés cambiara el fútbol por el tenis de campo / Archivo
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Se dice que el destino de cada uno está escrito antes de nacer. Las personas con las que nos encontramos y los sucesos de la vida son parte del aprendizaje y de la misión con la que venimos al mundo. Pero a veces, entender lo que pasa es difícil y más si ese hecho rompe con la normalidad, con la rutina.

Eso lo sabe muy bien Diego Fernando Cortés, quien hace más de diez años sufrió un accidente que cambió por completo su forma de ver el mundo. 

Creo que el destino hizo que tuviera este accidente para medir mi capacidad de salir adelante en medio de la adversidad. Fue difícil, complicado, porque mi familia dependía económicamente de mis pies y perder la movilidad fue un duro golpe para todos

dice Diego, quien nunca se ha sentido desdichado por lo que le ocurrió.

Es más, está feliz, orgulloso de lo que fue y de lo que es hoy día: uno de los mejores tenistas en silla de ruedas del país.

Diego Fernando nació en Armenia. Nació en 1961 y durante toda su vida ha estado vinculada al deporte. Desde pequeño quiso ser futbolista profesional. Trabajó muy fuerte para lograrlo y cuando le dieron la oportunidad no la desaprovechó. Jugó en Quindío, Envigado, Pereira, Liverpool de Uruguay y Deportivo Pasto, pero fue en el cuadro nariñense en donde tuvo sus mejores años como jugador. 

En el 2006 se coronó campeón del torneo apertura colombiano. “Fue algo único. Cualquier futbolista sueña con ese momento y gracias al trabajo y a la dedicación pudimos conseguir ese título”, recuerda.

Sin embargo, en ese mismo año, Diego también viviría un suceso que le cambiaría la vida, aunque esta vez el desenlace no sería como él esperaba. 

Me acuerdo que el domingo 17 de septiembre de 2006 le habíamos ganado al Once Caldas 2-1 y yo había salido como figura. Al otro día teníamos descanso e iba a almorzar con unos amigos cerca a mi casa, pero me llamaron Carlos Rodas, Robinson Rojas y Germán Centurión, compañeros del equipo, para que fuera con ellos a Chachagüí, un parque de diversiones ubicado a las afueras de la ciudad.  Al principio no quería ir, pero terminé accediendo. Estuvimos toda la tarde pescando y disfrutando de las atracciones, entre ellas un cable de canopy. Ya me había lanzado cinco veces y decidí hacerlo una vez más. De un momento a otro se me frenó la polea y se reventó la cuerda. La caída libre fue de 20 metros de altura, me rompí la columna en dos, mis piernas me quedaron en la cabeza. Todo fue un caos porque no tenían ningún aparato de emergencia. Le tocó a Rodas llevarme a la clínica

recuerda el atleta, aunque no culpa a nadie, pues sabe que lo que le pasó, como él mismo dice, “son cosas del destino”. 

Han pasado diez desde su accidente. A pesar de que la muerte tocó su puerta – estuvo un minuto sin signos vitales– él no le prestó atención. Todavía no era el momento. Luchó por su vida como si estuviera jugando la final de un Mundial de fútbol. Después de muchas terapias se recuperó para ver crecer a su hijo Juan Diego. 

Desde el principio sabía que no podía seguir con su carrera, pero con la convicción de seguir adelante le permitió practicar otro deporte. Probó con el baloncesto y estuvo cerca de integrar el seleccionado nacional, aunque al final no lo escogieron.

Decidí retirarme y escoger un deporte individual, en el que no dependiera de los demás y todo lo que hiciera fuera por mérito propio. Empecé a practicar el tenis en 2011 y al año siguiente ya había conseguido mi primera medalla de bronce. Pero eso no fue de la noche a la mañana. Primero tuve que acostumbrarme a la silla y luego a aprender a pegarle a una bola con una raqueta. Al principio parecía que estaba jugando béisbol con una bola de tenis. Siempre que le pegaba la sacaba de la cancha. No coordinaba, me costaba desplazarme, sacar, los golpes de derecha, el revés, todo. Lo único que sabía era que le decían deporte blanco y ya. Al principio perdía 6-0 y 6-0, pero ahora las cosas han cambiado. Cada vez tengo más experiencia y juego mucho mejor

reconoce Diego.

Diego Cortés está fuerte mentalmente y aunque no pueda volver a caminar, su estado físico es digno de un jugador profesional. Vive feliz junto a su hijo, quien quiere seguirle pasos en el deporte.

“Siempre apelo a las ganas de hacer las cosas bien. La actitud la tengo y seguiré teniéndola por muchos años”, concluye este ejemplo de superación, quien espera lograr la medalla de oro en el tenis en silla de ruedas de los Juegos Paranacionales.