En Colombia, tejer, bordar y coser son oficios que van más allá de la elaboración de prendas y accesorios. En distintas regiones del país, los saberes textiles pasan de una generación a otra y se convierten en una fuente de ingresos para numerosas familias. Aunque cada técnica tiene sus particularidades, todas comparten el reto de mantener su valor cultural y encontrar nuevas oportunidades en el mercado. En el Día de la Costurera, recorremos algunos de los territorios donde estos conocimientos siguen presentes.
Regiones de Colombia que cuentan su historia con puntadas
La Guajira y el tejido wayúu, una tradición que narra historias
Las mujeres del pueblo indígena wayúu mantienen una de las expresiones textiles más reconocidas de Colombia. Sus mochilas y chinchorros se elaboran mediante técnicas como el crochet y el tejido en telar, con figuras geométricas que representan elementos de su cultura.
Este conocimiento se transmite principalmente dentro de las familias y hace parte de la identidad de su pueblo. Además de su significado cultural, la venta de tejidos representa una actividad económica para las comunidades artesanas, que buscan conservar sus diseños tradicionales mientras adaptan sus productos a nuevos mercados.
Boyacá y las ruanas que conservan el oficio de tejer
En Nobsa, Boyacá, la elaboración de ruanas de lana de oveja es uno de los oficios más representativos del municipio. Los artesanos trabajan con telares y técnicas manuales para producir prendas que forman parte de la vestimenta tradicional de la región andina.
La ruana, utilizada históricamente para protegerse del frío, también se ha convertido en un producto de interés turístico y comercial. En Nobsa conviven la producción artesanal y la industrial, mientras los tejedores incorporan nuevos diseños para mantener vigente un oficio que identifica al municipio.
Valle del Cauca y los bordados de Cartago
Cartago es conocida como la capital del bordado en Colombia. Allí, generaciones de mujeres han aprendido a decorar telas mediante técnicas como el bordado a mano y el calado.
Esta tradición, que se consolidó en el municipio desde finales del siglo XIX, ha permitido el desarrollo de talleres familiares y pequeños negocios. Actualmente, las bordadoras de Cartago encuentran en la moda y las ferias artesanales espacios para dar a conocer su trabajo, aunque uno de sus principales desafíos sigue siendo conseguir que el mercado reconozca el tiempo y la dedicación que requiere cada pieza.
Bolívar y las hamacas de San Jacinto
Los telares verticales forman parte de la vida cotidiana de numerosas familias en San Jacinto, Bolívar. Allí se elaboran hamacas, mochilas y tapices con hilazas de algodón, en una tradición que reúne conocimientos de raíces indígenas y afrocolombianas.
El oficio ha pasado de madres a hijas y representa una importante actividad económica para el municipio. En 2021, el tejido en telar vertical fue reconocido como patrimonio cultural inmaterial del municipio, una medida que busca contribuir a su conservación.
Nariño y los tejidos ancestrales
En Nariño, comunidades indígenas y campesinas conservan técnicas de tejido en lana que reflejan su relación con el territorio. Una de ellas es el trabajo en guanga, un telar de pedal utilizado para elaborar prendas y piezas con diseños propios de la cultura andina.
Actualmente, los tejidos tradicionales también encuentran espacio en la moda contemporánea, con nuevas propuestas que incorporan técnicas ancestrales en prendas y accesorios. Así, las comunidades tejedoras mantienen viva su identidad cultural mientras encuentran nuevas oportunidades para comercializar sus productos
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El desafío de mantener vivos los oficios textiles en Colombia
Aunque las técnicas cambian de una región a otra, las comunidades artesanas enfrentan retos similares. La competencia con productos industriales, las dificultades de comercialización y la necesidad de garantizar ingresos justos pueden poner en riesgo la continuidad de estos conocimientos.
Por eso, conservar los oficios textiles no depende únicamente de enseñar a tejer o bordar, también requiere fortalecer los emprendimientos, abrir espacios de comercialización y lograr que las nuevas generaciones encuentren en estas actividades una opción de trabajo.
En el Día de la Costurera, reconocer a quienes trabajan con hilos, telas y agujas también es valorar su aporte a la economía y la cultura del país. Detrás de cada pieza hay horas de dedicación, conocimientos compartidos y familias que mantienen vivas las tradiciones textiles colombianas.



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