¿Realmente hacen falta las etiquetas para defender la diversidad sexual?


David Jáuregui Sarmiento
29 / 06 / 2018
Imagen del documental "The Amina Profile", presentado en Señal Colombia.
Imagen del documental "The Amina Profile", presentado en Señal Colombia.

La diversidad sexual se ha convertido en una de las banderas más coloridas no solo por su representación en los colores del arcoíris, sino también porque dentro del movimiento aparecen cada vez más adjetivos que la componen: LGBTI, o Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero e Intersexuales componen hoy en día el crisol de la diversidad. Pero ¿realmente son necesarias?

Las etiquetas, nombrar tendencias sexuales dependiendo de cada singularidad, se han convertido en la manera hacer presente su existencia y la forma de llamar la atención sobre los derechos de quienes tienen identidades de género u orientaciones sexuales diferentes a las tradicionales. Esta forma tradicional de rechazar todo aquello que representan esas etiquetas se conoce en el mundo de la academia y la filosofía como “heteronormatividad”. Se le llama así porque responden a la norma social tácita o explícita en algunos países, de que los miembros de la sociedad deben responder únicamente a una forma de identidad y orientación sexual: la heterosexual.

La sigla LGB adquirió popularidad en la década del noventa para reemplazar el término homosexual y «gay» que se utilizaba mayoritariamente e incluir, de este modo, a lesbianas y bisexuales, que se sentían excluidos. A partir de allí se han incluido la T, para los Transexuales y la I para los Intersexuales. Más recientemente, aunque no en todas las esferas sociales y de la comunidad LGBT, también se han incluido las letras Q, P y A, para quienes se identifican a sí mismos como Queer (para quienes no se identifican con el modelo binario hombre o mujer); los Pansexuales (personas que se sienten atraídas sentimental, romántica o sexualmente hacia otras personas independientemente de su género) y los Asexuales, quienes dicen tener nulo o bajo interés en la actividad sexual humana.

 

Toda esta forma de dar nombre a las distintas posibilidades que la orientación e identidades sexuales puede llegar a ofrecer, se han sintetizado en una gran manifestación que los reúne a todos llamado Orgullo Gay (Gay Pride, en inglés), que ha generado manifestaciones en todo el mundo buscando la reivindicación de los derechos y del respeto que merece dicha diversidad. En buena medida, el gay pride ha logrado que la sociedad heteronormativa se familiarice con la existencia de la diversidad sexual y, al menos en algún punto, llegue a considerarse normal.

Judith Butler, por ejemplo, una de las pensadoras del género en Estados Unidos y catedrática de la Universidad de California, ha explicado las connotaciones de que en la estructura mental de las sociedades solamente sea bien visto lo heterosexual, disminuyendo por debajo de la vida digna a todo aquello que no reproduzca la heteronormatividad.

“En algunas ocasiones una concepción normativa del género puede deshacer a la propia persona al socavar su capacidad de continuar habitando una vida llevadera”, ha sustentado Butler, y además ha estudiado la forma en que dicho fenómeno no solo se enfrenta en las cuestiones de género, sino también en otros conflictos sociales armados, por ejemplo: “La estructura de las creencias es tan fuerte que permite que algunos tipos de violencia se justifiquen o ni siquiera sean considerados como violencia. Así, vemos que no se habla de asesinados sino de bajas, y que no se menciona la guerra sino la lucha por la libertad. (…) La categoría de sexo no es ni invariable ni natural, más bien es una utilización especialmente política de la categoría de naturaleza que obedece a los propósitos de la sexualidad reproductiva”.

 

El orgullo gay, sin embargo, también ha dado cuenta de la lucha por quienes no se identifican con la heteronormatividad, como una forma de entrar en el juego de quienes precisamente cohíben el libre derecho sobre el cuerpo de cada individuo, aceptando dinámicas que tradicionalmente corresponden a la heterosexualidad, pero desplazadas hacia todo aquello representado por lo LGBT+ (esta es la forma más aceptada para no seguir incluyendo letras al movimiento).

 

El derecho a la vergüenza como contrapropuesta a las etiquetas

En todo el mundo, al menos fuera de los siete países adscritos a la Organización de las Naciones Unidas donde se castiga la homosexualidad con la muerte, y las otras 84 naciones donde serlo puede significar desde prisión hasta castigos físicos, el orgullo gay ha servido como una forma revolucionaria del reconocimiento tanto de su existencia, como el respeto de sus derechos y la búsqueda de la normalización (aceptación) por parte de la sociedad.

Pero al hacerlo, se han incluido más y más etiquetas y formas de denominar orientaciones diferentes a la heterosexualidad, con el mismo fin que comenzó cuando apenas se hablaba de la comunidad LGB. Esto, sustentan algunas posturas como la de la Vergüenza Gay, no es una movida tan inteligente, pues al final entrar en el juego de la normalización y la aceptación se está forzando la entrada a estructuras sociales opresivas y conservadoras. Esto, al final no es el propósito de su lucha: tal vez no se trata de entrar al juego, sino simplemente de que no haya porqué dar explicación de la orientación sexual de cada quién.

 

“Sin duda, el matrimonio y las alianzas familiares del mismo sexo deberían ser opciones disponibles, pero convertirlas en modelo para la legitimidad sexual es precisamente constreñir la socialidad del cuerpo de una forma aceptable”, ha argumentado Butler para dar cuenta de que, efectivamente, la comunidad diversa debería gozar de los mismos derechos, pero que con el fin de darle legitimidad a sus derechos se busque, por ejemplo, que se les permita casarse, va en contra de lo que se supone es la diversidad sexual: algo que está "fuera" de la heteronormatividad y para entrar tal vez no debería pedir aceptación en asuntos que son tradicionalmente propios de la heterosexualidad, como por ejemplo el matrimonio.

Las etiquetas bien podrían pasar por el mismo racero: pedir aceptación del sistema heteronormativo (opresivo y conservador) vendría siendo una contradicción: ¿por qué pedir permiso, o pedir derechos sobre el cuerpo que ya le pertenece a cada quién?

Por eso mismo, el Movimiento de la Vergüenza Gay (Gay Shame) se ha identificado como un movimiento contracultural de la comunidad LGBT+, ubicándose como una alternativa frente al Gay Pride, pues considera que las actividades y eventos organizados por el orgullo gay se han comercializado en exceso, llegando a depender del patrocinio de las empresas que lo apoyan, lo que empobrecería culturalmente sus intenciones y además mediatiza la programación de actos para evitar ofender a los patrocinadores y a sus intereses frente a la heteronormatividad. El movimiento Gay Shame, no obstante, se ha presentado como una forma de desarrollar la expresión de los puntos de vista radicales, las ideologías contraculturales y las artes de vanguardia, en las que al replantearse la forma de actuar del orgullo gay (como por ejemplo el uso de etiquetas) se convierta en una simple bandera de lucha y no la libertad sobre el cuerpo en sí misma.

 

Para explorar estas perspectivas y conocer cómo se ha desarrollado la lucha frente a la heteronormatividad puedes ver en Señal Colombia el documental Global Gay (2014), así como El Perfil De Amina (2015), para que tú mismo explores los distintos puntos de vista que surgen en el reconocimiento de la diversidad sexual, cuáles son sus luchas y cómo se ven en la cotidianidad.