Así es viajar en avión en la nueva realidad


Jazid Contreras Vergel
22 / 09 / 2020
Pasajeros vuelo tapabocas avion
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Crónica de mi experiencia viajando en avión por primera vez desde que empezó la pandemia.

Antes de emprender este viaje no me montaba en un avión desde enero de 2020. Llevaba 6 meses en aislamiento solitario en mi diminuto apartaestudio en Bogotá y me estaba volviendo loco.

Tan pronto se anunció la reanudación de vuelos nacionales me aseguré de comprar un pasaje para viajar a mi pueblo natal con el objetivo de visitar a mi familia.

Mis padres son población de riesgo, lo último que quiero es contraer el virus durante el viaje y convertirme en un vector de contagio, entonces investigo en internet qué tan alto es el riesgo de contagiarse al viajar en avión, un espacio cerrado, repleto de personas donde no se puede mantener el distanciamiento social.

Sin embargo, leo en varios medios de comunicación y en las redes sociales del Ministerio de Salud de Colombia que el riesgo de contagio en un avión es del 1%, porque se supone que tiene sistema de filtrado que desinfecta constantemente el aire que se respira en la cabina.

Además, por protocolos de bioseguridad, absolutamente todos los pasajeros y tripulantes están obligados a usar el tapabocas.

Como no viajo a un departamento con baja afectación, las autoridades no me exigen hacerme el examen de Covid-19 con máximo 2 días de antelación.

Antes de viajar me aseguro de conseguir un tapabocas N95, me lo pongo de la manera más ajustada posible para tratar de cubrir boca y nariz herméticamente. Llevo una careta de plástico porque leí que el virus puede entrar por los ojos, entonces mejor tener doble protección. También cargo una botellita de gel desinfectante de menos de 100 ml, que es lo permitido en vuelos.

Llego al aeropuerto. Antes de entrar por una de las puertas de salidas nacionales, una muchacha me pregunta si ya instalé DoradoApp. Le digo que no, tengo CoronaApp porque fue la instrucción que recibí de la aerolínea cuando compré el pasaje.

Resulta que para poder viajar es necesario instalar DoradoApp, registrarse, llenar datos personales, datos del vuelo y tomarle una foto a la cédula. 

OK, eso no lo tenía previsto, pero no es problema. Lo hago en menos de 5 minutos. La muchacha tiene muy buena actitud e intenta explicarme claramente cómo hacerlo. Sin embargo, en su afán de ayudarme, se me acerca demasiado y choca contra mí. Ahí me aparto y le digo: “¿ajá y el distanciamiento social?”.

En fin. Al entrar al aeropuerto, un vigilante se encarga de escanear el código QR que arroja la DoradoApp, revisa mi cédula, el pasabordo y me revisa el pasaporte de movilidad que arroja CoronaApp tras diligenciar el formulario de síntomas.

Listo, me dejan entrar. Otra muchacha, esta vez con uniforme de la Cruz Roja, me pide que me desinfecte las manos con un dispensador de gel antibacterial que se activa con un pedal, luego me pide que me quite la careta y me acerque a una cámara que mide la temperatura. 36,2 ºC, todo bien, puedo continuar.

Voy directo hacia la zona de abordaje. Ya no hay vigilantes que revisan el pasabordo y la cédula. Ahora hay torniquetes con lectores digitales. Acerco el código QR del pasabordo sin tocar el lector y las puertas se abren.

Hasta aquí he podido hacer todo el proceso sin estar obligado a tocar nada, pero ahora tengo que pasar por los controles de seguridad. La funcionaria me pregunta si llevo portátil en el morral. OK, lo saco y lo pongo en una bandeja junto con las monedas, llaves, celular y el morral sobre los rodillos giratorios, como de costumbre.

Una vez mis pertenencias pasan por los rayos X y yo paso por el detector de metales, recojo mis cosas, me froto las manos con gel desinfectante y continúo mi travesía.

Al llegar a la sala de espera, noto que varias de las sillas están marcadas para que nadie se siente y así garantizar un mínimo distanciamiento entre los pasajeros que esperan. Decido quedarme de pie y caminar un poco para alejarme de las aglomeraciones.

Por más protocolos estrictos que el aeropuerto intente seguir, siempre hay grupos de personas que no mantienen la distancia y no falta el “avispado” que se pone el tapabocas de babero. Por fortuna, los funcionarios de la aerolínea usan los parlantes para recordarle a la gente que el uso correcto de tapabocas es obligatorio durante todo el proceso de embarque, vuelo y desembarque.

Llegó la hora de abordar. Llaman por grupos para hacer el proceso más eficiente y seguro. Parece funcionar bien. Nadie se amontona en filas como solía suceder antes de la pandemia. La gente simplemente espera sentada hasta que le toque su turno.

Listo, entro al avión. Pongo mi morral en el compartimento superior y tomo asiento. Noto que el vuelo va casi lleno. A diferencia de lo que había leído en redes sociales y medios noticiosos, en este avión las sillas del medio no están desocupadas.

Los auxiliares de vuelo parecen cirujanos con tapabocas, careta, malla en el pelo, guantes de látex y batas quirúrgicas de esas que se amarran en la espalda. Como en un episodio de Grey’s Anatomy.

Aseguran que el avión pasa por estrictos procesos de desinfección entre vuelo y vuelo, que los viajeros no tenemos nada de qué preocuparnos, pero confieso que resulta angustiante estar ensanduchado con tanta gente. Me echo la bendición y que sea lo que Dios quiera.

El avión despega. No reparten ni agua durante el vuelo por razones sanitarias y, además, solo los baños de atrás están disponibles, pero por lo demás, todo avanza normal.

Unos 50 minutos después, el avión aterriza en la ciudad de destino. La tripulación da instrucciones claras de cómo será el desembarque. Todos deben permanecer sentados y, al abrir la puerta, llaman fila por fila de adelante hacia atrás, para que los pasajeros salgan de manera organizada.

Para mi sorpresa, este es el desembarque más rápido y eficiente que he visto en toda mi vida. Se necesitó una pandemia para que la gente deje de levantarse de su silla antes de tiempo y de amontonarse para tratar de salir primero.

Al bajar del avión, una persona del aeropuerto le dice a la gente que camine en fila india y toma la temperatura en el brazo con un termómetro de esos de pistola que usan en los supermercados y que suelen leer temperaturas de menos de 35 grados, como si uno tuviera hipotermia.

Como no traje maleta por bodega, salgo inmediatamente del aeropuerto y busco a mi hermana que me espera en el parqueadero para llevarme a casa. La saludo sin tocarla. Ambos con tapabocas y las ventanas del carro abiertas.

Al llegar a casa saludo a mis padres sin dejar de mantener la distancia y me aseguro de tomar una ducha de inmediato. La ropa que traía puesta y el morral con el que viajé quedan en un rincón por varios días hasta que se descontaminen solos.

Con la tranquilidad de haber llegado sano y salvo, me dispongo a pasar unas semanas junto a mis familiares. Mantengo la precaución de usar tapabocas cuando me acerco a ellos, me tomo la temperatura y registro mis síntomas en CoronaApp durante los 14 días posteriores al viaje, lo cual es obligatorio para todas las personas que viajan por estos días.

Me queda claro que la sociedad sí puede reactivarse, pero no sé si algún día podamos volver a la antigua normalidad. No queda más remedio que adaptarnos a la nueva realidad.