Las travesuras de Rigoberto Urán en el colegio

Las posiciones que ocupaba en el ciclismo contradijeron desde siempre su condición de estudiante: pedaleando se mantenía delante de los pelotones, pero en las clases nunca dejó de integrar el grupito de atrás. Esa fue la gran paradoja de Rigo en su adolescencia: mientras sus entrenadores lo elogiaban como corredor, los profesores en el colegio se quejaban con sus padres de las notas y del comportamiento. Y en especial de las diabluras que cometía regularmente con su pandilla de amigos.

Basta con una visita corta al colegio Jesús Iván Cadavid de Urrao para ratificarlo. Durante los cinco años que estudió en esta institución pública, Rigo recibió más castigos que excelentes en sus exámenes. Su grupo de cinco amigos tenían tantos antecedentes, que a veces les asignaban travesuras ajenas solo por sospecha, como aquella tarde en que un cualquiera explotó un pedo químico cerca del pupitre de Rigo y no dudaron en suspenderlo. Pero los otros castigos sí fueron justificados.

“El grupito de atrás” trascendió por su indisciplina, pero también por la unión de los seis integrantes: ‘Wicho’, ‘Loco’, Carlos, Sebastián, John Dayro y Rigo. Cuando recuerdan sus fechorías a veces no distinguen cuál fue el autor material, no tienen muy claro quién fue el último que actuó, quién fue el que tiró la piedra ese día en que descalabraron un pato del lago o quién comenzó uno de los tantos bombardeos de papeles. Simplemente estaban implicados. Así que se apropian de las travesuras como si todos fueran uno solo.

Por eso las respuestas de los profesores que le dictaron clases a Rigo están conjugadas en pasado y en plural. “Eran muy cansones”, recuerda Dora López, su profesora de inglés por tres años escolares. El único que lo evoca con cariño es Juan Carlos Baena, su profesor de educación física. Y eso que una vez lo encontró imitándolo: Rigo se subió el pantalón hasta el ombligo, se puso un saco debajo de la camiseta blanca e impostó una voz gruesa y de político en campaña. “Muchachos, el calentamiento pues. Todos a subir escaleras”. Rigo se sintió orgulloso de las risas que generó su gracia, pero todos se burlaban de que el maestro Baena lo observaba hacía un rato desde la puerta.

Un día estuvo cerca de la expulsión porque tampoco se fijó que lo estuvieran viendo en plena pilatuna. Agarró de los pies a un muchacho desde el balcón de un segundo piso y amagó con dejarlo caer, mientras el rector lo veía a lo lejos y no le gritaba por su reciente operación de laringe. Sus amigos lo llamaban desde atrás para que reaccionara, pero ya era muy tarde: lo suspendieron varios días del colegio.

Esa vez ni siquiera recibió un castigo regular, que consistía en recoger las basuras de todo el colegio: las del hipódromo de 425 metros, la cancha de fútbol, la pista de atletismo de 250 metros, el campo de tiro con arco, las orillas del lago y de la piscina semi-olímpica que fue inaugurada en 1961 por Raúl Hincapié. Esa vez lo enviaron a casa por varios días.

Pero pocos castigos resultaban aleccionadores, tampoco lo eran las reuniones con padres de familia ni las quejas. Las bromas nunca se extinguieron y sus nombres aparecieron como responsables de una larga lista de infracciones: llevar pedos químicos, convertir lapiceros en cerbatanas para escupirles papelitos a los compañeros y también quemar algodones con una pepita de ají para causarles tos a todos. Esos antecedentes los asumían los seis, así hubiera actuado solo uno, así el resto no tuviera implicaciones. En el grupito de atrás la lealtad primaba. Nadie delataba.

Una vez los descubrieron luego de robarse las tilapias del lago, pero el suspendido fue Juan David Laverde, ‘El Loco’. Él mismo recuerda el modus operandi: lanzaron el anzuelo con el pedazo de cuido, amarraron el hilo a los zapatos y aguardaron hasta que mordieron varias. El plan era sofreírlas luego en casa, así que las sacaron para que se asfixiaran, las guardaron en una bolsa, las metieron en el maletín de Juan David y regresaron a clase. Durante un dictado, se escuchó de repente el sonido de un plástico estremeciéndose, como si alguien estuviera destapando un bombón. La profesora caminó en punticas, buscó el ruido, después preguntó de quién era el maletín, sacó la tilapia aún viva y ‘El Loco’ asumió la culpa sin delatar al resto.

Cumplió la sanción, pero la próxima travesura no se tardaría demasiado. La unión inalterable de los seis las propiciaba, la unión era la única forma de infringir la ley, porque cada uno por su lado hubiese sido aburrido. Necesitaban la risa del otro como aprobación de lo cometido. En las épocas de verano, por ejemplo, pedían permiso para ir al baño cada uno por separado, pero se encontraban en la piscina, se quitaban toda la ropa, nadaban de ida y vuelta, y regresaban frescos a clase.

Una vez volvieron con medias de uno y calzoncillos del otro porque mientras nadaban, escucharon el ruido de unas llaves y vieron la figura de alguien tratando de abrir la puerta para ingresar al área: “Los pillé, huevoncitos”, gritó a lo lejos un celador de apellido Présiga. Salieron del agua, agarraron lo que pudieron y se vistieron en la carrera para no ser capturados. “Estábamos en el baño, profesora”, argumentaron de vuelta.  

Nada detenía al grupito de atrás. Aunque en el caso particular de Rigo, existía una forma de ajuiciarlo: obligarlo a hablar en público. Si ese hubiese sido siempre su castigo, habría sido un buenazo. Sus compañeros todavía se acuerdan de los ejercicios de humanidades con la profesora Martha Moreno en décimo grado. Centro literario, le decían a esa actividad ocasional de salir al tablero y sostener un monólogo de tema libre sin usar muletillas. Rigo decidió hablar del Tour de Francia, del sueño de ganarlo, de la pasión por la bicicleta. Su cara roja y voz entrecortada no lo afectaron, por fortuna, pero todos se burlaron de su timidez para hablar en público.

‘El Loco’ y ‘Wicho’ nunca lo vieron tan rojo como una tarde en que el rector lo llamó a su oficina y minutos después citó a toda la secundaria al coliseo que entonces era descubierto. En una de las escaleras contiguas, en el segundo nivel y donde ponían la campana, salió el rector con un megáfono para anunciar el descubrimiento de una nueva figura deportiva en el colegio, que acaba de destacarse en unos juegos departamentales.

“¡Un aplauso para él, por favooooor!”, gritó el rector, luego le cedió la palabra a Rigo y lo empujó para que se dirigiera a sus compañeros. La cara se enrojeció como nunca antes, la mano le tembló, cometió tantas muletillas como para perder centro literario en humanidades y le salió lo primero y único que se le ocurrió:

-Estos es para ustedes con mucho sacrificio.

Sus amigos se burlaron por días, lo llamaron ‘Pisco’ por sus cachetes rojos y remedaron su respuesta de medallista olímpico. “¡Ah! Bobo, tenía que decir algo”, se percataba a decir Rigo. Nadie entendía cómo vendía el chance que le había heredado su padre y no era capaz de desenvolverse ante un público. Por esa timidez fue que lo designaron en una presentación para que tocara los instrumentos de viento, muy lejos de los vocalistas.

Se trataba de una tarea para la materia de artística en noveno grado. Si no realizaban una presentación decente, reprobaban. Así que decidieron hacer una fono mímica de Esposa Mía, del Combo de las Estrellas, y pidieron prestados los uniformes y los instrumentos al profesor de la escuela municipal de música. Pantalón negro, camiseta blanca y chaleco rojo: así cantaron y así aprobaron. “Muchachos, ¿ven que sí pueden hacer las cosas bien”, fue el sermón de la profesora.

El objetivo no era hacerlo bien o mal, sino compartir, reírse, mantenerse unidos para fastidiar a otros y ayudarse entre sí. Las ganas de molestar fortalecieron entre ellos una amistad confundida con hermandad.

Por: Juan Diego Ramírez C., enviado especial Urrao.