Así transcurrió la infancia de Darwin Atapuma


11 / 04 / 2017
Así transcurrió la infancia de Darwin Atapuma
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Destruía para construir, no para generar caos. Algunas veces tomaba las tablas de la cama que compartía con su hermano Alex y hacía un butaca. Otras, se inventaba una silleta que tomaba forma de silla después de su detallada explicación. Así pasaba su niñez Darwin Atapuma en una casa en la que abundaban los hermanos pero ninguno cercano a su edad. En esa búsqueda de la amistad se topó con Jesús, el hijo de su hermana Carmen, unos meses más joven que él. Fueron inseparables. Para donde iba uno había que llevar al otro. Lo que pensaba uno lo ejecutaba el otro.

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Todo fue fraternidad hasta que a Jesús le dio por ir en bicicleta a El Espino y un conductor testarudo lo atropelló. “No lo vi en la carretera”, dijo el hombre que ese día olvidó prender las luces de su carro. Tenía 14 años, la misma edad de Darwin. Ese suceso fue su primer contacto con la muerte. Lloró por dentro, sufrió en silencio, y terminó aceptando lo inevitable.

Ya había madurado a la brava, ya no era ‘el rabito de mi mamá’, como le decían sus hermanos, pues era imposible despegarlo de su madre cuando chiquito. “Tranquilo que ella ya viene”, la mentira que le decían cuando doña María se iba a recoger papa o a sembrar maíz y no lo llevaba. Una frase alentadora que ahogaba su berrinche, porque sí que era berrinchudo. En ese entonces Darwin vivía en Túquerres, Nariño, con su hermano Remijio. La bicicleta ya era su medio natural de vida. Llegó allí para cumplir el sueño de un linaje que vio en él la última oportunidad de tener un ciclista profesional en casa. Por cumplirle a los demás, por personificar sueños ajenos, por entrenar donde más le convenía.

“Se escapaba para donde mi mamá y se escondía en lo más recóndito de la finca para que no lo encontráramos. Decía que quería trabajar el campo y que no le interesaba nada más, mucho menos ser ciclista”, cuenta Alex. Y aunque por un tiempo fue testarudo, terminó entendiendo que cuando el talento viene solo es de tercos rechazarlo. Las victorias prematuras en categorías superiores aceleraron el proceso.

Durante cinco años entrenó sin falta todas las mañanas con Alex. Llenaban una cuantas caramañolas con agua de panela o malteada de bienestarina y tomaban la vía a Ipiales o bajaban hasta el Pedregal por la ruta a Pasto. Incluso desafiaban los prominentes huecos de la vía a Tumaco para no caer en el pecado de la rutina. Después ambos trabajaban en Ciclotúquerres, la bicicletería de Remijio, donde aprendieron a despinchar, a enderezar los aros y a  raspar los marcos para volverlos a pintar.

Remijio fue quien le armó la primera bicicleta de ruta a Darwin. Tomó un marco de acero, lo cortó a la medida exacta, lo pintó de un azul aguamarina, y le puso unas llantas de ring 27. “¡Uy! esa cicla se ve deforme” dijo Darwin cuando vio el resultado de la improvisación que con el tiempo simplemente fue una imperfección casi perfecta. Con esa cicla ganó sus primeras carreras,  derrotó a niños más grandes que él, y por fin entendió que ser ciclista era su mejor opción de vida.

Avanzando con la potencia de sus pedalazos y dándole vía a la traviesa casualidad, hoy Darwin Atapuma es uno de los mejores pedalistas de nuestro país. Así retribuye todo el esfuerzo de una familia que trabajó para él. Ese niño, que en la categoría juvenil dejó muchas veces regado en la montaña a Nairo Quintana en una que otra competencias, aplicó a la lógica para ser un pedalista del un equipo del World Tour, algo que simplemente no añoraba cuando en lo único que pensaba era en ser un campesino nariñense.

Foto: Archivo particular