Los monumentos del ciclismo, las pruebas que también inmortalizan corredores

Todas iniciaron antes de la Primera Guerra Mundial (1914) cuando el ciclismo era lento, certero y profundo. Cuando además de pedalear por más de ocho horas, los corredores debían atravesar riachuelos y esquivar pequeñas rocas en carreteras tortuosas, todo esto con los neumáticos colgados en el pecho como bandas presidenciales. Una crueldad insoportable únicamente tolerable por el amor hacia la bicicleta.

Por ese entonces, el pedalismo se convirtió en el alma y la geografía de Europa; en la manera de llegar a donde fuera sin la necesidad de un caballo jalando una carreta o un automóvil. Inventores de sueños y amantes de la fatiga imaginaron lo que hoy conocemos como ciclismo épico, ciclismo de leyendas que perdura gracias a los Cinco Monumentos.

Todo inició con la Lieja- Bastoña-Lieja, conocida como La Decana por su antigüedad, una competencia que se realizó por primera vez en 1892 y que fue ganada por el belga Leon Houa, un hombre que montaba su ‘bici’ con pantalón largo, medias hasta los gemelos, boina negra y bigotes puntiagudos a la moda. El clima primaveral belga hace de esta prueba un desafío para el organismo, sumado a las inclinadas pendientes en la región de las Ardenas.

Cuatro años después nació la París- Roubaix, o el Infierno del Norte, como se le conoce por sus sectores de pavé, en los que las manos tiemblan en una especia de parkinson momentáneo. Todo un castigo para el cuerpo y un desafío para la mente. No ha habido edición de esta prueba en la que los pedalistas terminen sin tierra o barro en su indumentaria, muestra de la rudeza que aún mantiene la carrera francesa. Curiosamente, por la época del año, siempre llueve el día antes o durante la travesía. El primer hombre en ganar allí fue el alemán Josef Fischer, elegante al pedalear como si estuviera caminando, y quien superó al segundo por más de 25 minutos de distancia. Su recorrido siempre bordea la ermita de la Madonna, santa que fue declarada por el papa Pío XII como la patrona de los ciclistas.

A los nueve años, y viendo que Francia y Bélgica tenían pruebas de prestigio, Italia también entró al grupo de las clásicas. El Giro de Lombardía, o la Clásica de las hojas muertas, inició en 1905 con el triunfo de Giovanni Gerbi, conocido como ‘El Diablo Rojo’ por su carácter irascible que acompañaba siempre con un maillot de ese color. Cuentan que en el Tour de 1904 los aficionados franceses lo cogieron a bastonazos para favorecer en la general al local Benoit Faura. El italiano, de armas tomar, cogió su bicicleta y empezó una batalla campal hasta que los comisarios, con tiros al aire, dispersaron a los fanáticos.

Con el furor de competencias extremas, el país de la bota itálica creó en 1907 la Milán-San Remo, la clásica más larga de todas y la segunda carrera de mayor importancia después del Giro de Italia. Deseada por corredores transalpinos, que pueden rodar con comodidad en el plano y desempeñarse muy bien en la montaña, fue ganada en su primera edición (1907) por el francés Lucien Petit Breton, a quien le decían ‘El Argentino’ porque pasó su infancia en ese país debido al oficio de su padre (era joyero).

Por último, siendo la más joven de las carreras longevas, está el Tour de Flandes, cita que solo se detuvo durante la Primera Guerra Mundial. Llamada anteriormente como la De Ronde van Vlaanderen, se caracteriza por tener subidas pequeñas, pero bastante inclinadas a lo largo de su trayecto. Algunas de estas puntillas son en caminos adoquinados por lo que el esfuerzo para los participantes se duplica. El belga Paul De Man, espia durante el primer conflicto bélico del siglo y condenado a muerte por eso dos veces (de ambas se salvó) logró la victoria en 1913 tras 324 kilómetros.

Estos Cinco Monumentos han perdurado a través de los años, han superado guerras para mantenerse vigentes y así recordarnos que más allá de los avances tecnológicos, el ciclismo sigue siendo el mismo: una lucha incansable del hombre y bicicleta por tener una dureza a prueba de todo.

Foto: Archivo