Milena Salcedo usa más el corazón que los ojos en la pista

El dolor de cabeza fue tan intenso que provocó náuseas y parálisis de la mitad de su cuerpo. Esa mañana de marzo, sola en su apartamento, Milena se tomó el tylenol que le habían formulado para sus recientes migrañas y llamó como pudo a su mamá. Una vez en urgencias del hospital San José de Bogotá, apenas entrando con dificultad por la puerta, una neurocirujana gritó casi una sentencia: ‘¡Esa niña está sufriendo un derrame cerebral!’. Los síntomas eran evidentes. Y ella, una ciclista consagrada por esa época (2012), pronosticó lo peor para sí misma:

Me van a abrir la cabeza.

Me van a rapar.

No voy a volver a caminar.

¿Qué va a pasar conmigo?

Me podría morir en una sala de este hospital.

Los médicos hablaban de operación. De gravedad. Y de suerte también. De que por fortuna era deportista y podía resistir más. Y de que menos mal el derrame no empezó mientras se ejercitaba. Hubiese sido letal, pero un día antes del derrame, apenas iniciado su entrenamiento en el norte de Bogotá, se reventaron dos radios de su bicicleta y debió devolverse a casa arrastrándola. Nunca en la vida le había sucedido, pero tal vez era el destino pronunciándose: el arreglo la obligó a quedarse quieta y a seguir viva. Qué paradoja: se salvó por practicar deporte toda su vida y también por quedarse inactiva unas horas.

Duró 20 días hospitalizada, aún sin control de su lengua, su cara y su pierna izquierda. Se movía con dificultad en silla de ruedas. En ese tiempo no quiso espejos porque presentía lo peor contra la vanidad. No quiso extraños visitantes. No quiso pesimismo sobre el regreso al ciclismo. No quiso ver a su papá, porque habían discutido dos meses antes. Habían jurado no amarse más. “Olvídese de que tiene hija, así esté en la cama de un hospital”, le dijo con rabia, sin saber que casi se convierte en premonición.

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Al ciclismo Jannie Milena Salcedo llegó sin querer porque primero fue patinadora de fondo. En principio en El Salitre y luego en el Club Tequendama. El patinaje le marcó las rutinas por nueve años: colegio de 6am a 2pm, entrenamiento y rodada hasta las 9pm. Y ciclismo los fines de semana para fortalecer sus piernas, aunque odiaba la bicicleta. “Mi papá me acompañaba en su moto y me regañaba, me decía que cambiara de relación, que no me dejara coger ventaja de los otros, que me moviera. Yo detestaba el ciclismo por eso”, admite Milena, nacida el 14 de mayo de 1988 en en Bogotá.

Quería convertirse en fondista de la Selección Colombia, pero falló. En un selectivo en Yopal en 2005 finalizó de cuarta y sólo tres se quedaron con la convocatoria. Había entrenado nueve años para eso y físicamente se sentía capaz de cumplir su propia promesa. Pero en la pista no pudo. Las rivales, la mente, la noticia sobre el asesinato de un tío. A lo mejor todo influyó y en definitiva se sintió decepcionada de sí misma. “Tanto, que tomé la decisión de retirarme y nadie pudo convencerme de lo contrario”.

No quería un cambio de deporte, sino de vida. La universidad se aproximaba y quizá podía empezar a vivir sin presión. Pero un entrenador de ciclismo que la había visto en el velódromo se atravesó por esos días. Él, Luis Fernando Saldarriaga (entrenador de Nairo Quintana y Esteban Chaves en los títulos del Tour de l'Avenir), le propuso competir en unos Nacionales de Duitama ante la falta de representantes mujeres en su delegación.

En diez días, Milena se subió por primera vez en una bicicleta de pista, le hablaron del piñón fijo, de que no se podía dejar de pedalear y de la naturaleza de algunas pruebas que no conocía. Se preparó poco, pero suficiente para ganar persecución y carrera por puntos, así como ruta y contrarreloj. El ciclismo le devolvió definitivamente la fe por la competencia cuando la convocaron en 2006 por primera vez a la Selección Colombia. Logró su sueño de niña, sólo que no todo estaba completamente bien.

Su padre le siguió reclamando perseverancia en el patinaje, porque se había ilusionado con tener una hija patinadora en campeonatos del mundo. Y así comenzaron las discusiones, los tonos altos, las lágrimas que sugerían asuntos por resolver. Así, en ese ambiente, se fue Milena de casa.

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La vida los volvió a unir con un derrame cerebral: a padre e hija, que siempre fueron confidentes de sueños deportivos. La enfermedad (y suena extraño) trajo consigo perdones, reflexiones, unión, regreso a casa, amor incansable. La vida les dio a todos una segunda oportunidad. “Lo más importante es que salvé a mi familia y me reencontré con ellos. Volver al deporte fue otra historia”. Mientras los recuperaba a ellos, regresaban los sentidos. Los médicos le predijeron 20 días para volver a caminar y seis meses para evaluar si podía probar de nuevo en el ciclismo.

“Pero yo soy terca”, dice con una sonrisa, antes de recordar que volvió a caminar a los seis días y que luego empezó a montar en una bicicleta estática que pidió en el hospital. Comenzaron las fisioterapias: dos sesiones al día de casi tres horas. Y en efecto, se cansaba con facilidad, porque su corazón fue reducido en la operación. Si quería volver al ciclismo debía empezar a acostumbrarse a más pulsaciones, a más latidos por segundo. “Olvídese de que hizo deporte por muchos años. Tiene que volver a empezar”, le dijo un doctor tras sus mejoras.  

Y había otro problema sin solución directa: la pérdida del nervio óptico. Si enfocaba a una persona del fondo, se desaparecía de su vista la que tenía enfrente. Ella, sin embargo, insistía en volver a montar. Y lo logró contra la voluntad de los médicos. Mes y medio después de la operación, sus padres la acompañaron hasta el alto El Vino, en el occidente de Bogotá. Papá en bicicleta y mamá en moto. Ambos la escoltaron, le anunciaron huecos en la vía, discutieron con un chofer de un bus que por poco la atropella, la animaron cuando las pulsaciones subieron y cuando debía respirar hondo para acostumbrarse a su nuevo corazón. Y al final se alegraron al llegar porque nada de eso estaba presupuestado. 

Ese mismo año, sin muchos entender cómo, compitió en los Juegos Nacionales. Volver a la pista ya era un oro, aunque allá comprendió que faltaba más tiempo de adaptación. En la carrera por puntos del Ómnium, sus ojos fallaron: “Una niña de Antioquia se metió por dentro y subió rápido. Pero yo no la vi. Me tumbó y me caí durísimo”. En principio, la subestimaron y consideraron peligrosa en la pista, pero su falta de visión no volvió a afectar demasiado.

El miedo lo perdió poco a poco en los entrenamientos siguientes. Aprendió a agudizar el oído, a percibir cuándo se acerca una corredora por el peralte o por la línea de velocistas. Se habituó a vivir así: por eso mueve la cabeza mientras pedalea, como diciendo que no. Si se queda quieta, algunas rivales pueden desaparecer de su vista periférica y causar un accidente. De cualquier manera, el motor de todo es su corazón. Su renovado y noble corazón.   

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Ella es el resultado de un derrame. Pero no es esclava de ese pasado. No le teme a reincidir ni a los controles bimensuales. Su fe la comprobó Señal Deportes con esta entrevista, en la que también mostró sus dos tatuajes: los aros olímpicos en la espalda y la frase “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” en un costado. Sonrió mientras contó su historia y se quedó pensando con esta última pregunta de quien suscribe: “¿La segunda oportunidad radicará en el reencuentro familiar o en una hazaña deportiva más grande que su oro en la Copa Mundo en Londres?”. Ríe y dice que no sabe. Tal vez piensa en ambas.

Texto: Juan Diego Ramírez.

Foto: Fedeciclismo