Caterine Ibargüen: la diosa de los saltos y el optimismo

La mayor virtud de Caterine Ibargüen es que siempre se ha aferrado a los momentos felices de su vida y no a los tristes. A diferencia de los deportistas que transformaron el dolor en motivación, ella naturalmente ha sido indiferente con la desventura. Por eso de su infancia en el Barrio Obrero de Apartadó prefiere recordar que se le iba el tiempo en la calle, jugando yermis y escondite con sus amigos, haciendo los mandados del hogar porque si iba corriendo decía que así entrenaba un poquito más.

“Mi infancia estuvo llena de alegrías”

Se le fue la niñez bajando mangos del palo que colindaba con su casa, oliendo la vainilla que expulsaba un árbol cercano, soñando a ser bailarina, tarareando vallenatos y agradeciéndole a la vida por llamarse Caterine, el nombre que recomendó una tía un día antes del bautizo y que reemplazó al “Yaneth” que querían sus padres. En las entrevistas no menciona la violencia del país que en algún momento afectó su familia, sino que elige temas de la nostalgia.

Habla de los días en que ayudaba a su madre Francisca en la finca bananera La Suerte, ubicada entre Currulao y Apartadó. Y recuerda su preocupación por ser la más alta en el colegio San Francisco de Asís. “Mami, no quiero crecer más”, le decía. En general, Caterine Ibargüen nunca se ha quejado de su pasado. Tocar esos temas borrarían la sonrisa que siempre exhibe en su cotidianidad y en las competencias mundiales de salto triple.

No se queja para no despertar lástima, pero no porque niegue todos los sucesos dolorosos que comenzaron hace tanto. Tal vez desde que su padre William, chocoano y el segundo de siete hermanos, salió de casa una noche de 1993 con todas sus maletas y huyéndole a las amenazas de grupos armados. Trabajaba como coordinador de una finca bananera y si no se unía a los insurgentes lo mataban a él y a su familia.

“En Apartadó somos alegres, por eso las mujeres son divinas”

“La niña siempre pensó que su papá la había abandonado, y reprochaba, le dolía. Pero yo le decía que era un asunto de vida o muerte”, añade su abuela Ayola, nacida el 31 de julio de 1937 en Nóvita, Chocó, y quien terminó asumiendo el cuidado de su nieta con ayuda de su hija Luz Mery. Al principio, William Ibargüen dejó a su hija al cuidado de un hermano, pero una semana después Caterine volvió a la casa de su abuela: “Yo quiero vivir aquí con usted”. Amor, disciplina, plátano y pescado. Eso encontró en la escasez física de su nuevo hogar.

“Nunca tuvo un regalo de niño de Dios de mi parte, pero jamás aguantó hambre. En esa época era una cosa o la otra: ¿Para qué una muda de ropa si nos quedábamos sin dinero para comprar comida?”, asegura Ayola, que sostuvo a su nieta con el trabajo que desempeñaba en las bananeras, mientras Francisca, la madre de Caterine, trabajaba como cocinera en las minas de oro de Zaragoza. 

“Tuve una pobreza feliz”

Se acostumbró a las ausencias y las limitaciones y entendió que el deporte debía ser su salvavidas y el de toda su familia. No el voleibol ni el baloncesto que llegó a practicar en el colegio sin muchas pretensiones, sino el atletismo del que le habló un profesor llamado Wílder Zapata durante unas pruebas que se realizaban anualmente en los colegios de la zona. Ese día llegó a su casa emocionada a contarle a su abuela que era buena corriendo y a preguntarle si podía ir a Medellín a una competencia de 75 y 150 metros. Lo que más le emocionó fue el viaje.

Con 12 años empezó en el atletismo enfocada en la velocidad, pero se tardaría más de una década en ser la mejor. En esa carrera en Medellín terminó de penúltima, pues en plena competencia se detuvo a descansar porque sus piernas no aguantaron más. Después mejoró y se destacó tanto en su zona, que a los 14 años le propusieron radicarse en la villa deportiva de la capital antioqueña para explotar su talento.

“Era muy bonito vivir en la Villa”

Algunos hablan de que la soledad y la distancia de su hogar la afectaron en algunos momentos, que su abuela Ayola le dijo varias veces “persista, mija, no se devuelva”. Pero ella prefiere evocar la alegría de esos días: la corredera en los pasillos, los saltos de hasta tres escalones en las escaleras, las risas estruendosas, el raggae que escuchaba en una grabadora con su compañero Wanner Miller y las trepadas en los árboles para comer fruta.   

Allí, en la villa deportiva Antonio Roldán, la entrenadora cubana Regla Sandrino, al ver su contextura gruesa y velocidad insuficiente, le propuso dejar el fondo y optar por el salto alto y largo. Con un no como respuesta se habría ahorrado su participación inadvertida en Atenas 2004, la frustración de no clasificar a Pekín 2008 y su primer intento de retiro a los 24 años. Pero al mundo prefiere decirle que todas esas vicisitudes le forjaron el carácter.

“No tengo experiencias amargas en mi vida”

Su vida exitosa en el deporte habría podido comenzar más rápido si, de golpe, le hubieran recomendado el salto triple, como lo hizo el cubano Ubaldo Duany en la Universidad Metropolitana de Puerto Rico, donde Caterine se graduó como enfermera. Ese entrenador, justamente, le había insinuado tres años antes (2005) que si aceptaba la beca la convertiría en saltadora triple. En una de las mejores. Pero el sí esperaría hasta 2008, porque el deporte (como su vida misma) preparó a la antioqueña hasta los 24 años en tolerancia al fracaso y al dolor.

Pero ella no se ufana de su capacidad de resistencia. Por el contrario, se refiere a sí misma con felicidad y prueba de ello son las frases anteriormente destacadas. Por eso al hablar de su vida en pasado, presente y futuro, siempre sonríe. 

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