Álvaro Galvis es fanático del internet y de la comida santandereana


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
Cada vez que Álvaro Galvis está en Floridablanca, Santander, aprovecha algún rato libre para ir a la plaza principal del pueblo a comer raspao (hielo con aguas saborizadas de colores y leche condensada), además de una sabrosa oblea. De paso comprar brevas con arequipe, panuchas, dulces de apio y bocadillos, los manjares tradicionales, para picar en la casa con toda la familia. Ese paseo le recuerda las caminatas que hacía cuando niño, luego de haber jugado aro, maras (canicas), escondite o soldado libertado con sus amiguitos de la cuadra y sus hermanos, o después del ‘picadito’ de fútbol. Iba feliz de la mano de doña Ana, su madre, quien lo llevaba al Parque Santander a caminar y jugar. El pequeño aprovechaba también para recordar la historia de su ciudad mirando los bustos que hay allí en honor a Francisco de Paula Santander, Simón Bolívar, el sacerdote José Elías Puyana y la estatua del Cacique Chanchón, líder de los indios Guanes que luchaban contra los conquistadores. “Ese ‘man’ era como yo, berraco, no se rendía ante nada’, dice. Un hombre feliz Santandereano como el que más, es el tercer heredero del hogar conformado por Eurípides Galvis y Ana Becerra, quienes tuvieron cuatro hijos: Eduardo –el mayor- seguido por Hernando, Álvaro y Henry. Nació el 25 de enero de 1970 en el antiguo hospital de Bucaramanga, ubicado en el Parque Romero, sobre la calle 45, entre los dos cementerios que allí había. Su padre es jardinero y su madre comerciante. “Tienen 78 años y parecen unas rocas, por lo fuertes y vigorosos. Son muy sanos, todavía trabajan”, dice Álvaro, quien asegura que de ellos sacó ese temple para superar las adversidades. Van a cumplir en 2016 las Bodas de Oro (50 años de matrimonio) y Álvaro y sus hermanos están organizando una gran fiesta para celebrar dicho acontecimiento, pues es motivo de orgullo. Además, quieren retribuirles a sus viejos el esfuerzo y la dedicación para sacarlos adelante y hacerlos personas de bien. “Es algo bonito, un hecho que nos alegra mucho y hay que organizar la celebración desde ya; es algo especial porque ahora muy pocas parejas llegan a los 50 años de casados. Los hermanos nos sentimos contentos preparando la celebración”. Aunque nació en la capital santandereana, sus padres se mudaron desde chicos a Floridablanca, municipio ubicado al suroriente del área metropolitana. Primero se establecieron en el barrio Caldas y luego en Zapamanga. Allí Álvaro vivió sus primeros años haciendo mucho deporte junto con sus hermanos, al tiempo que realizaba sus estudios de primaria en la concentración Francisco José de Caldas. Con mucho esfuerzo, por allá en 1980, don Eurípides les compró una bicicleta a sus hijos. La compartían y cada uno montaba su rato. La fiebre de la ‘cicla’ era tal que todos querían ser corredores. Y aunque a sus hermanos les gustaba, el que más mostraba entusiasmo pedaleando era Álvaro, quien a los 12 años, cuando cursaba segundo de bachillerato en el Colegio Bolívar, tomó la decisión de su vida: no más estudio. Quería ser ciclista y emular a las gestas de sus ídolos Lucho Herrera y Fabio Parra, quienes estaban en su apogeo brillando en las carreteras de Europa. Hombre sencillo, honesto, luchador y de buenas costumbres, Álvaro se casó hace 24 años con Natalia Ortiz, con quien tiene dos hijas: Daniela, la mayor, y Wendy, quien también practica ciclismo y ha sido subcampeona nacional. Y ya es abuelo de Isabela –de cuatro años- y Jean Samuel, de uno, quienes son su razón de ser. “Ellas y el niño me alegran mi vida. Los nietos me hacen reír mucho con sus travesuras. Después de cada viaje o competencia no veo el momento de volver y estar con ellos”. Es un hombre de familia, pues ésta es la base de su vida. Se siente privilegiado, vive feliz, en controles permanentes luego de superar un cáncer, hecho que le hace estar muy agradecido con Dios. “Yo soy un hombre tranquilo, a veces hago bromas, pero generalmente soy serio y muy respetuoso. Siempre hablo con la verdad en pos del beneficio de todos”. Se ríe cuando dice que sus compañeros de equipo lo molestan por el hablado fuerte y en tono mandón, como buen santandereano, manoteando al decir cualquier cosa. Aprovecha sus ratos libres para escuchar toda clase de música, así como jugar ajedrez porque lo relaja. Le gusta meterse a Internet y leer sobre temas médicos en especial, además de económicos y cosas de las que pueda aprender. “Es que alguna vez soñé con estudiar medicina. Por eso me inquieta estar al tanto de los avances médicos”. Fiel a su raza, ama la gastronomía de la tierra y responde como el que más cuando se le pregunta si le gusta la comida santandereana. “Dígame. Me gusta todo. Los dulces y por supuesto el cabrito al horno, la pepitoria y la sobrebarriga, la arepa con el mute acompañando. ¡Ufff!, delicioso. Eso es lo mejor. Y las hormigas culonas me encantan. Yo como mucho las cosas de mi tierra, pero solo cuando vengo, ya que nos recomiendan no hacerlo porque somos atletas de alto rendimiento, vivo concentrado y en la mejor forma. Yo me doy mis mañitas y como, pero me cuido”. Por Carlos A. Gracia B. Foto: Movistar Team No te pierdas la segunda entrega de esta nota: Álvaro Galvis consiguió en el paracycling lo que no que pudo como ciclista.