Arreglando tumbas, Óscar Muñoz se compró su primera bicicleta


Señal Colombia
31 / 03 / 2017
Óscar Muñoz
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Prefería ir los domingos al cementerio que lanzarse al río Guatapurí desde un puente cercano al barrio Villa del Rosario de Valledupar. Para ambas cosas debía ser temerario y dejarse llevar. La necesidad, camuflada en responsabilidad, le ganó a la recocha. En los largos campos del Ecce Homo, a pleno rayo de sol, Óscar Muñoz esperaba a los dolientes mientras su padre podaba el pasto. Era astuto, sigiloso y bastante cuidadoso para saber el momento exacto de acercarse a una tumba.

-  Hey, seño, ¿le echo agua a las matas? O si prefiere le quitamos el pasto maluco a la lápida.

Tenía once años y ya era un experto limpiando tumbas. Su padre, jardinero en el cementerio, le había enseñado todo lo necesario para que pudiera recolectar unos cuantos billetes sin necesidad de estar detrás de él. El día de los muertos, el de la madre, el de los santos, o el de cualquier celebración, eran perfectos para recoger incluso 40 mil pesos. En medio de parrandas vallenatas y ron por doquier como agua bendita, Óscar iba de un lado a otro ofreciendo sus servicios. Nunca le tuvo miedo a los fallecidos, mucho menos a estar hasta las seis de la tarde en medio de sepulturas.

Sus amigos del colegio Francisco Molina Sánchez no sabían que trabajaba allí. Esa faceta fue un misterio para los supersticiosos que de haberse enterado de seguro lo hubieran sacado del ‘parche’. Mientras tanto, Óscar llevaba dos vidas: una en la que se comportaba como cualquier otro niño y otra en la que jugaba a ser grande en un ambiente de adultos.  Durante un mes guardó cada centavo ganado en el cementerio para comprarse una bicicleta pues en la cuadra había una de uso comunal.

Con ahínco consiguió el marco, las llantas y los cauchos. Cuando terminó de construir su ‘bici’ llamó a todos sus amigos para estrenarla. Ese mismo día terminó contra el suelo al tratar de tomar una curva cerrada. La ley de la gravedad lo sacó volando tan pronto el neumático delantero se deslizó en medio del tierrero de una cuadra nunca antes pavimentada. Ese día, Rafael Santos, un amigo con nombre de cantador, iba con él en el tubo delantero. Ambos se golpearon fuerte, sobre todo Óscar. Aún hoy permanece la cicatriz en una de sus piernas como recuerdo de la pilatuna.

A pesar del totazo, Muñoz siguió montando, acumulando morados, sumando raspones y una que otra pequeña hendidura en su piel. Su carácter siempre dio para más. Desde recién nacido vivió en una población a la que el río Magdalena se la tenía montada con seguidillas de inundaciones, la siguiente más catastrófica que la anterior. “¿Qué mañana puede haber en un pueblo que se llama El Difícil? ¡Nos vamos para Valledupar!”, dijo su padre antes de dejar el Magdalena cansado de la falta de oportunidades en un diminuto municipio ubicado en el corazón del departamento. Óscar tenía tres años.

Desde ese instante, los Muñoz Oviedo cargaron con el peso de haber echado raíces en un lugar donde el mismo nombre llamaba a la pobreza. Eso los siguió hasta su destino como si fuera una prenda más de vestir empacada con prisa en la pequeña la maleta, dejando como enseñanza que esconderse de los orígenes es bastante difícil.  “Ombe, normal. Así tocó, así le dimos y así vamos pa’lante”.

El orgullo de lo propio, de lo ganado con esfuerzo, germina.  Y hoy la situación es completamente diferente. Óscar es la figura de su ciudad después de haber ganado la medalla de bronce en Taekwondo en los Juegos Olímpicos de Londres. Con el dinero que obtuvo por su actuación montó un gimnasio con un amigo en el barrio Don Carmelo. Por 35 mil pesos usted puede hacer dos horas de pesas y varios ejercicios de cardio. Además, podrá ver, si el día coincide, al hombre nacido en El Difícil pegando unas cuantas patadas para seguir combatiendo su destino.

“Así es la vida: pura calentura”.

Foto: COC