Desplazándose de un lugar a otro Diana Peñuela se encontró con el ciclismo


Señal Colombia
31 / 03 / 2017
Desplazándose de un lugar a otro Diana Peñuela se encontró con el ciclismo / Instagram Diana Peñuela (@carbike)
Desplazándose de un lugar a otro Diana Peñuela se encontró con el ciclismo / Instagram Diana Peñuela (@carbike)
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Diana Peñuela era la más consentida en la casa de la abuela Rosa Helena, un lugar donde abundaban los adultos y faltaban los niños. En ese entonces los 14 tíos no tenían en quién descargar su cariño y por eso ella recibió más afecto de lo usual y más regalos de lo normal. Cuando empezaron a aparecer los hijos, de a uno, de a dos, ese matriarcado de preferencias terminó. El hogar se llenó, las habitaciones fueron ocupadas y ella pasó de ser la más pequeña a comandar una enorme camada de primos.

No tuvo mucho tiempo de jugar con ellos, ni siquiera de molestarlos. Apenas se acostumbraba a ver la casa llena y el trabajo del esposo de su mamá ya la llevaba lejos de las cuadras de La Sultana, en Manizales, de los juegos esporádicos con los amigos, de los pasamanos en los que permanecía aferrada como un mico a la rama de un árbol, y de la abuela. Primero fue Facatativá, luego Madrid (Cundinamarca). Después Bogotá. Allí vivió una carrera de observaciones por tantos barrios que hoy en día solo recuerda que en algún momento se detuvo en Suba.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Cambió de colegio como de casa, incluso hasta 2 veces por año. De ahí que se haya visto obligada a ser sociable por la necesidad de buscar nuevos amigos y de integrarse a la brava. Se aferró al deporte como un compañero inseparable. Quiso ser una atleta de alto rendimiento sin importar la disciplina. Practicó gimnasia porque en uno de estos colegios tenían camas elásticas, trampolines y hasta ruedas de goma. También empezó a patinar en una escuela en la que había un entrenador con nombre de cantante español: Alejandro Sanz.

Sanz fue la primera persona que le dijo que tenía cualidades para ser patinadora de carreras. Que lo único que necesitaba era unos patines nuevos y que el resto vendría con el entrenamiento. La falta de dinero obligó a decir que no. “Que una nueva raqueta, pues no hay plata y toca parar. Que una mejor escuela, pues es muy cara y no se puede”

Extrañaba Manizales. A la abuela también. Las cosas no iban bien. Tanta rotación mareaba y acorralaba hasta el punto de conducir a un callejón sin retorno. Un día, cansada del clima que mantenía sus pulmones en una constante quejadera, Diana se llenó de coraje y encaró a su mamá. “Quiero regresarme a la casa de la abuela”. Su madre no puso objeción. Eso sí, tuvo que devolverse sola, pues Gloria Inés no podía dejar tirado el trabajo en Bogotá.

Aterrizó en el Colegio Nuevo Gimnasio, un pequeño garaje que hacía las veces de colegio y en el que conoció las que serían sus mejores amigas. Se aprovechó de la nobleza de Rosa Helena, que más que una figura de autoridad era su compinche, y perdió materias que nunca había perdido. La niña de los cuadernos perfectos ni apuntes quería tomar. Finalmente logró graduarse. Para esa época su mamá ya había regresado a Manizales.

Lee la segunda entrega: Intentando lo imposible, Diana Peñuela construyó lo posible: correr en el Unitedhealthcare

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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