¿Qué sería de Rigo sin Urrao?


31 / 03 / 2017
Rigoberto Urán, ciclista colombiano / Foto tomada del Instagram oficial de Rigoberto Urán
Rigoberto Urán, ciclista colombiano / Foto tomada del Instagram oficial de Rigoberto Urán
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Seis años antes de que Jorge Rojas fuera profesor de educación física de Rigoberto Urán, su papá trató de disuadirlo para que no dejara Santa Rosa de Osos. “Mijo, si el mundo tiene cola, esa debe de ser Urrao. Pero mejor vividero no va a encontrar en ningún lao”, le respondió el viejo antes de que decidiera aceptar el traslado al pueblo más recóndito del suroeste antioqueño. “¡Ah!¿Y sabe qué? Allá lo casan, mijo”. Fue una profecía: el clima, la topografía y las mujeres lo anclaron por siempre.

 

Tour de Guangxi

Del 16 al 19 de octubre a las 7:00 p. m.

20 y 21 de octubre a las 8:00 p. m.

 

Esa anécdota resume la esencia de este pueblo que debe permanecer como un secreto: pocos se van de este sitio. Los nativos por el amor a sus costumbres y a la tierra; los foráneos porque al fin descubren un lugar donde no hace falta nada para ser feliz. Por eso la historia de Rigoberto Urán es tan fácil de reconstruir: la mayoría de quienes lo vieron crecer viven en Urrao.

Aquí, en este valle que acusa ruana por el frío y gorra por el sol bravo, Rigo está en todas partes. Su foto aparece en el letrero de bienvenida a la ciudad y en las paredes de la mayoría de los nueve restaurantes que sirven platos gigantes con carnes y quesos suculentos. Todos estos sitios se conservan intactos como los recuerda Rigo desde su infancia: la panadería Flor del Trigo donde pagaba sus apuestas, la iglesia San José frente a la cual se persignaba antes de cada competencia, la quesera Guzmán donde le contaron en 2001 que su padre había muerto y una de las dos gasolineras donde recogía botellas vacías.

Si un director de cine se atreviera a contar la historia de Rigoberto Urán, no tendría mucho trabajo con la escenografía de época porque Urrao sigue siendo un pueblo de mediados del siglo XX. Tal vez los avances, las retroexcavadoras, el individualismo y las prevenciones no han podido llegar a esta lejanía. Por eso se conservan el aire puro, el frío del páramo El Sol, el calor de los límites con el Chocó, el agua oscura del río Penderisco en donde Rigo se bañaba en vacaciones y las montañas verdes con cimas que coronó en bicicleta junto con su padre. 

Para entender cómo es Rigoberto Urán basta con un viaje a este pueblo que está separado de Medellín por 1.184 curvas, inclinaciones que obligan el primer cambio del bus y un camino que se ofrece destapado por tramos y que causa mareo de altamar. Para esa aventura de cinco horas, mejor no pegarse de los vehículos de adelante, para que al llegar al pueblo responda con sonrisa de sobreviviente cuando le pregunten si le cayó una bolsa de vómito en el camino.

Urrao no es tan tosco como el recorrido, ni empinado como Betulia, ni estrecho como Concordia. Todo lo contrario: es un valle atravesado por el río Penderisco, circundado por montañas y es una región exportadora de tantos productos que el ambientador del bus de regreso será una mezcla de los olores de tomate, granadilla, queso dulce y granos de café, que sirven como regalo de chuspa y como prueba de visita al Paraíso escondido.

El buen apetito de Rigo se explica justo por eso: por la oferta de alimentos de su tierra, porque en la olla de muchas casas, por pobres que sean, siempre hay fríjoles y arroz a fuego lento. Eso contenía el portacomidas que Rigo llevaba al colegio J Iván Cadavid. Si él hubiera fracasado en el ciclismo, seguro viviría en Urrao, sería más gordo de tanto comer arepa de maíz con quesillo, y tal vez ayudaría a su primer entrenador Jota Ele Laverde en el taller de bicicletas.

Sería el urraeño típico que vive en su pueblo: dicharachero, con siseo en su hablar, con sonrisa alargada, partícipe de juergas aguardienteras, acostumbrado a almorzar en casa y a dormir la siesta corta de mediodía. En su caso hipotético, se conservaría el oscuro de sus manos de tanto arreglar cadenas y llantas, se tomaría un descanso en la plaza que queda a una cuadra del taller, se sentaría a ver pasar la vida, a ver los colores pasteles de las casas, la grandeza de la iglesia y el revuelo en el billar Don Moncho.

Mientras se come el helado Tonny que venden en la esquina de la plaza, tararearía las guascas que le enseñó su papá, vería pasar con sorpresa uno de los pocos automóviles del pueblo, saludaría con risas a sus amigos que se transportan en bicicleta o moto, seguiría con la mirada a las chivas que van cargadas de corotos y bultos. Si algún foráneo lo visitara, demostraría que los urraeños son buenos anfitriones por puro altruismo.

Lo llevaría al Parque natural de las orquídeas, al río Penderisco que lo arrastraba cuando de niño montaba en neumático, le daría a probar el queso dulce, l ofrecería su casa como posada, le hablaría con dichos y chistes, le contaría que Urrao se llama así porque al contemplar por primera vez el valle luego de una travesía interminable, los conquistadores gritaron ¡Hurra! y el eco les contestó ¡O! Le diría que la gente no abandonó su tierra ni siquiera por la violencia que se tomó a la región a finales del siglo pasado y principios del actual. (Así afectaron el paramilitarismo y la guerrilla a Urrao).

Le mencionaría que el comandante liberal Rafael Uribe Uribe, que inspiró al personaje del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, bautizó al pueblo como un Paraíso escondido. Y quedará la idea en el aire de que Urrao es el Macondo paisa, por lo recóndito, la autosuficiencia de la tierra, las fábulas, las creencias, el recuerdo de tantos pelotones de fusilamiento, el poder de los hombres y el carácter de las mujeres, el respeto a los muertos y a los santos, los chismes, la laboriosidad, la parranda y el apego a las raíces. Citaría incluso a uno de sus profesores: “Somos tan alegres que si Urrao tuviera dos grados centígrados más, seríamos costeños”.  

Eso sí, le advertiría. “Ojo pues, mijo”, empezaría diciendo con las cejas levantadas. Las bondades de Urrao deben permanecer como un secreto, porque si se popularizan tal vez el pueblo se convierta en una ciudad caótica de estos tiempos. “Y no aguanta. ¿Sí o qué, papá?”. Eso aseguraría antes de decirle que si hubiera triunfado como ciclista y si hubiera corrido muchos años en Europa, no dudaría en regresar a Urrao para encontrarse a sí mismo, para no tener mucho qué hacer ni tener nada para extrañar. Para, finalmente, volverse tierra de su tierra.