Iván Camilo López aprendió a disparar con su corazón


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
Iván Camilo López aprendió a disparar con su corazón / Facebook Iván Camilo López
Iván Camilo López aprendió a disparar con su corazón / Facebook Iván Camilo López
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Se podría decir que Iván Camilo López es de los pocos deportistas en nuestro país que entiende y controla a la perfección su corazón. Y no es un tema de sensaciones o emociones sino algo completamente físico. De relajarse tanto que el sonido del diástole y el sístole se convierte en una punzada para los oídos.

Este tirador bogotano siente ambos movimientos, lentos y majestuosos, cuando sostiene el rifle contra su pecho. Y en ese momento efímero dispara. Lanza una ráfaga cuando su organismo se distenciona al máximo disminuyendo las señales de vida. Todo un arte.

Y muchos tienen el descaro de decir que esto es muy fácil, que solo es mover un dedo y apuntar

dice López con coraje.

Su afán de alejarse de la realidad lo llevó a la práctica del tiro deportivo. Dejó de ser un central promedio en el fútbol y un armador como los demás en el baloncesto, para adentrarse en un mundo similar al de la meditación. Aprendió a detallar los detalles, a desconectarse fácilmente del entorno y a hacer de su arma una extensión más de su cuerpo.

En ninguna actividad de la vida cotidiana puedes experimentar esa batalla con tu mente, esa disputa interna que te lleva a entender que el mayor rival que puedes tener eres tú mismo

Sus padres creyeron que la incursión en este deporte sería algo pasajero, así como había sucedido con muchos otros. Sin embargo, lo individual era lo suyo, era el camino adecuado para quien lo había intentado todo de en lo grupal. No hubo más insistencia, mucho menos regaños. Encontró calma, pero sobre todo se encontró a sí mismo.  

La vida, testaruda por naturaleza, lo puso en el lugar adecuado: un polígono. Entrenó sin presiones, aumentó su puntería y el resultado lo satisfizo tanto que nunca se alejó de las armas. No porque fuera violento, mucho menos porque quisiera hacerle daño a alguien (como muchos piensan de las personas que practican el tiro). Simplemente entendió que la mente lo es todo, y que si está bien entrenada los sentidos se agudizan.

Guido, no se haga detrás mío que me pone nervioso

Tranquilo, Iván.

No quiero embarrarla.

Fresco. Dispare con calma.

Ese fue el único diálogo que tuvo antes de su primera competencia en el club El Rancho cuando tenía 15 años. Guido Lastra, un experimentado tirador con carisma de entrenador, lo acompañó ese día y al contrario de lo que Iván le pidió fue y compró una bebida isotónica de dos litros, palomitas de maíz y ubicó una silla detrás de su pupilo para sentarse como su fuera a disfrutar de una película. Su presencia alertó a Iván pero, a diferencia de lo que él pensaba, no lo desconcentró.

Fue una gran lección. Entendí que si uno le tiene miedo a algo hay que afrontarlo. Que esa es la mejor forma de matar el temor

***

Las armas que prestaban en la Liga de tiro de Bogotá ya no eran las adecuadas. Iván aumentó sus aciertos y por ende necesitaba un rifle propio con otras especificaciones para incursionar en nuevas modalidades.

La inversión fue costosa pero única. Un 1.500.000 pesos, el costo del fusil de madera oscura como la de un roble antiguo, de marca alemana y en muy buen estado para ser de segunda. López dormía y comía con su nuevo juguete. Tanta fue la obsesión que lo limpiaba continuamente a pesar de que estuviera brillante de tanto pasarle el mismo trapo.

Con él logró sus primeras victorias, mejoró su nivel y empezó a ganar títulos nacionales. Unos años después, cuando el arma cumplió su ciclo a su lado, López se lo vendió a una niña que estaba comenzando en el tiro. El cambio obligó a una mejor preparación física puesto que el peso que debía soportar en las largas jornadas ya no era de cinco kilos sino que se acercaba a los siete.

Ya no quemaba 50 disparos sino 100. Ya no duraba quieto en la posición de tiro 10 minutos sino 40. Era necesario ser más fuerte para aguantar el trajín

Iván empezó a ir más veces al gimnasio, compró un bicicleta de ruta para rodar varios kilómetros al día por las calles de Bogotá. Su corazón aumentó de tamaño, su caja torácica se hizo más fuerte y por ende hubo mucho más control al momento de disparar.

Comprendió que a diferencia de otros deportes, en los que la técnica y la parte aeróbica se trabajan simultáneamente, él debía tener tiempo aparte para ambos aspectos. Su pasión generó un hábito. El hábito llevó a la disciplina y la disciplina desembocó en excelencia.

Aún hoy, con miles de cartuchos quemados, él siente susto antes de una competencia. Y para superar sus miedos creó una rutina mental bastante efectiva que elimina las inseguridades y la desconfianza antes de hacer el primer disparo.

Recuerdo los entrenamientos en una especie de diálogo interno. Son como dos personas dentro de ti hablando de varias cosas. Por fortuna, en ese duelo siempre se impone el positivista