Jarlinson Pantano tiene un viejo amor con la pista


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
Jarlinson Pantano tiene un viejo amor con la pista
Jarlinson Pantano tiene un viejo amor con la pista
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Otro casco, otras zapatillas y otra bicicleta por poco lo hacen pasar desapercibido.

- Vamos que eso te sirve.

- Andá que eso te da más técnica.

- Creéme. Te irá mejor en la ruta.

Las palabras de José Gabriel Pantano a su hijo hace 16 años cuando lo llevó por primera vez a la pista para que Carlos Serna, un empírico hecho a punta de caídas, le enseñara cómo sortear los peraltes. Primero le prestó una "bici" roja, bastante delgada y puntera. Después le dijo que se pegara a su rueda para llevarlo de arriba abajo. “Yo vi eso todo inclinado y claro, qué susto tan berraco”.

Como en cámara lenta, Jarlinson aprendió a frenar con sus piernas, a aumentar la velocidad en las rectas y a confiar en la segunda ley de Newton que lo mantenía en pie así su cuerpo estuviera inclinado hasta el punto de rozar la madera.

La habilidad aumentó y por ende la confianza. Un poco de jerarquía y un toque indispensable de anarquía lo llevaron a competir en la categoría prejuvenil cuando era de la infantil. “Claro que me daban permiso de cambiarme”. La sonrisa que acompaña esta declaración genera dudas. Su progreso lo llevó a cruzarse en la selección juvenil de Colombia con otro rutero, antioqueño él, bastante talentoso para la pista e igual de extrovertido. De inmediato, una afinidad casi química con un compañero que en vez de llamarlo por su nombre le decía "país".

En julio de 2005, Pantano y Rigoberto Urán viajaron a Barquisimeto, Venezuela, para participar en el Panamericano juvenil de pista. El entrenador de ese entonces: Luis Fernando Saldarriaga, un hombre temperamental pero con una clarividencia única para descubrir nuevos talentos. “Siempre compartía cuarto con Rigo. Eso era una molestadera a toda hora. No hacíamos sino tirar risa”. Uno era mejor que el otro y juntos eran invencibles. Y así lo entendió Saldarriaga.

-Jarlinson, vas con Rigo en la madison. Yo veré, a meterla toda.

- Listo, profe.

Esa amistad, con toques de hermandad, se vio reflejada en el velódromo Héctor Alvarado. Durante los 32 kilómetros de competencia, Pantano y Urán fueron tan rápidos que alcanzaron un promedio de velocidad de 40.8 km/h. “Tranquilo, ‘país’. Yo te empujo con todas mis fuerzas. Vos hacés lo mismo y verás que ganamos”.

Sumaron 16 puntos y lograron la medalla de oro por encima de Josvan Rojas y Tomás Teresen, de Venezuela, y de Carlos Carrasco y José Aguirre, de México. Fue la cuarta presea para la delegación nacional y la primera para ellos en un evento que reunía a los mejores pisteros del continente.

Pero ese apoyo de Urán trascendió la competencia. Unos años después, en una Vuelta a la Juventud en Venezuela, ambos tuvieron que dormir en una habitación con un gran ventanal que daba a un cementerio. El ruido de sillas moviéndose y de puertas abriéndose bruscamente despertó a Jarlinson a la una de la mañana.

-Rigo, ¿escuchaste eso?

-Sí, "país". Vamos y miramos.

En la sala contigua todo estaba organizado, todo estaba en su lugar. “Pensé que eran los compañeros jugándonos una broma pero cuando fui a verlos, ‘foqueados’. Yo, cagado del susto. Urán, cagado de la risa. Ese man es bien machito pa’ eso”. Rigoberto lo dejó dormir en su cama y le dijo que cualquier cosa que pasara él sería el primero en poner el pecho. La vida lo había entrenado para soportar lo insoportable y para no temerle a los vivos, mucho menos a los muertos.