Nunca esperar, la constante en la vida de Viviana Osorio


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
Viviana Osorio, patinadora artística colombiana.
Viviana Osorio, patinadora artística colombiana.
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Y todo porque no quiso esperar los habituales nueve meses. Porque llegó de sorpresa cuando su madre estaba trabajando en las oficinas de Carvajal, en Cali, tranquila porque las cuentas aún le daban un respaldo de 30 días. La fuente rota, la angustia de no saber qué hacer, y los nervios de no parir un hijo en 15 años desesperaron a Fabiola.

La situación fue confusa en la Clínica Uribe pues no había contracciones y tampoco dolor. Todo era muy tranquilo, preocupantemente tranquilo. “Señora Fabiola, usted ya lleva mucho en trabajo de parto y nada que dilata. Tenemos que llevarla a sala de cirugía para hacerle una cesárea”, la sentencia de uno de los médicos tras esperar más de 10 horas.

Viviana no lloró cuando nació. Su color de piel, de una tonalidad azul oscuro, alertó al enfermero de turno que sin pensarlo tomó un montón de tubos y, con el pulso de cirujano, los introdujo por la boca de la recién nacida para darle respiración artificial. “Ay, por qué es tan negrita si mi cuñado no es tan moreno”, dijo Ruth, hermana de Fabiola, cuando vio a la bebé en medio del delicado procedimiento. “No es negrita, señora. La niña tiene cianosis”, exclamó el hombre mientras soplaba fuertemente por la boquilla del conducto para que el aire llegara a los diminutos pulmones.

Minutos después de la reanimación sonó un fuerte berrido. Una decisión ágil y un momento de lucidez permitió que Viviana viviera, que su madre recuperara la calma y que la familia Osorio Álvarez tuviera una nueva integrante. “Así son las cosas de mi Dios. Hace lo necesario en el momento indicado”.

***

Viviana no era capaz de quedarse quieta un minuto. Antes de aprender a caminar, sus padres le regalaron un carrito con llantas de plástico para que se sentara en él, con una pierna a cada lado, y lo impulsara con los pies. Solo fue que cogiera confianza para que se estrellara, se reventara la nariz y terminara llorando en el piso. Hasta ahí llegó la vida útil del carrito. Tan solo tenía un año. Nunca le gustaron las muñecas, mucho menos los vestidos. Cambió el servir té con sus amiguitas por saltar lazo, por encaramarse en los postes y por montar en bicicleta sin necesidad de las ruedas auxiliares.

“Parecía un muchachito. Siempre andaba de pantalón y tenis. Así la acostumbró Carlos. A mí me daba miedo cuando el papá la montaba en el columpio y la impulsaba muy fuerte”, recuerda Fabiola. Intentó con la natación pero no duró. Sus oídos no aguantaron la presión del agua y una infección la alejó de las piscinas. Un año después conoció los patines en un viaje a Cartagena cuando Carlos le compró unos marca Fisher Price para que aprendiera a andar. Sin embargo, la fuerza y la intensidad con la que usó el juguete redujo la vida útil del mismo. Antes de regresar de vacaciones, los patines fueron desechados totalmente rotos y llenos de arena.

A los cinco años lo intentó de nuevo en una academia en Cali a la que asistía todas las tardes después del jardín. Sus padres, ambos empleados en la fábrica de Carvajal, tuvieron que contratar un transporte para que la recogiera en la casa y la llevara hasta el lugar de entrenamiento, y viceversa. Ese trajín terminó esta vez por un factor ajeno: los conductores dejaron de ir con el paso de los días. “Con ese horario uno no podía hacer nada y era muy triste escuchar a la niña llorando por teléfono porque nadie había ido por ella. Conclusión: tocó sacarla”.

Pero, ¿qué hacer con una niña tan inquieta? “Le apostamos a una academia de música para que no se quedara en la casa e hiciera algo productivo. ¡Que error!”. El llanto ya no fue algo esporádico; fue algo diario. Desde que llegaba hasta que se iba no dejaba de llorar. Su papá la había acostumbrado a estar en movimiento y sentarse por horas la desesperaba, mucho más para tocar un instrumento.

A esa batalla por buscarle una actividad que le gustara se sumó otra en especial: la pelea contra los piojos. Tenía el cabello tan largo y, al parecer, la sangre tan dulce que era inevitable mandarla al colegio con la cabeza limpia y que llegara igual.

“Ella nació calva y a los cuatro meses tuvo su primer piojito. Eso era sáquele y sáquele y, claro, llore que llore”. La situación llevó a tomar medidas radicales incluso contra la voluntad de Carlos, un hombre con el pelo crespo como una enredadera que sentía orgullo de que su hija tuviera el pelo largo y liso.

Mi hermana se lo cortó y usted no se imagina la furia de ese hombre. Y eso que se lo dejamos a la altura del cuello. Nos dejó de hablar como una semana, indignado por lo que habíamos hecho. Eso sí, pelo corto, santo remedio”. No te pierdas la parte dos de esta nota con la patinadora colombiana