El marino Salazar es un campeón que aplaude el proceso de paz


Señal Colombia
24 / 11 / 2015
Pesista paralímpico Andrés Mauricio Salazar / Comité Paralímpico Colombiano
Pesista paralímpico Andrés Mauricio Salazar / Comité Paralímpico Colombiano
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El destino le cambió de golpe la vida, pero no su ser. A pesar del dolor porque sus sueños se truncaron debido a la pérdida de una de sus piernas, el ojo izquierdo y la audición del oído derecho, el corazón de Andrés Mauricio Salazar Herrera se mantuvo igual: fuerte, noble y bondadoso, como le enseñó doña Amalia, su madre.

Era soldado de la Infantería de Marina. El 22 de febrero de 2004 patrullaba en los Montes de María buscando a los frentes 35 y 37 de las Farc, entre El Salado y Zambrano (Bolívar), cuando entraron en combate.

Pisó un campo minado, voló y cayó en el cráter que dejó la explosión. No perdió el sentido y fue consciente de que el incidente lo había maltrecho, a pesar de lo aturdido que estaba.

En medio de todo, daba gracias a Dios porque quedé vivo después de que todo explotó debajo de mí

dice.

A pesar de eso, es un hombre que aplaude el proceso de paz, que se sentaría en la mesa con la guerrilla a conversar, y que espera, por lo anterior, un mejor futuro para sus hijos.

 

Ejemplo de vida

Andrés nació el 13 de marzo de 1983 en Tolú, Sucre. Es el mayor de los dos hijos de doña Amalia, a quien adora, lo mismo que a su hermana Irina. Ellas dos fueron su bastión para salir adelante y ser hoy la persona que es.

Jugaba con sus amigos en las polvorientas calles del pueblo, donde doña Amalia trabajaba como empleada doméstica. En esas sabanas exhibía su destreza con las caucheras para cazar animales, muchos de los cuales se convirtieron en la cena familiar. Cursó hasta noveno grado en el colegio Manuel González Erazo.

Era buen estudiante pero eso de las matemáticas, el español y demás no era lo mío. Yo vivía enamorado de las Fuerzas Militares, era mi sueño siempre. Por eso me encantaba ir y pasar frente a la base naval de Coveñas, porque soñaba con estar uniformado y sirviendo allí.

Así fue. En 2001, a los 18 años, se enroló como infante de marina y se destacaba en todas la tareas que le asignaban. Tres años después sufrió el accidente que cambió su vida.

Por otros tres años, hasta 2007, se mantuvo haciendo tareas de oficina, y aunque pudo haber seguido, optó por pedir la baja.

Estando en la marina conoció a Yulieth Murillo García. Aunque tenía fama de ‘Don Juan’, se fijó en él. La conquistó y luego contrajeron matrimonio, y hoy tienen cuatro hijos. Andrea Yulieth, la mayor, que tiene 11 años. Le siguen los gemelos Yulieth Andrea y Andrés Mauricio, de ocho años. Y el menor es Mario Andrés, de siete años.

Luego de salir de la marina, vio en el deporte una opción de triunfar. Fiel a su pensamiento guerrero, de hombre fuerte, se fijó en el levantamiento de pesas, o powerlifting en idioma paralímpico.

Empezó a entrenar y le gustó. Hoy es uno de los mejores hombres de este deporte en el país. 

Entrena todas las mañanas en el Centro de Alto Rendimiento de Bogotá. Por la tarde, su esposa va a trabajar y él se queda con sus hijos en su casa del barrio El Tintal.

Pasa con ellos buenos momentos, hasta cuando empiezan los noticieros, los que ve porque le gusta andar bien informado. Sin rencor Y es aquí cuando viene la pregunta obligada. ¿Qué piensa del proceso de paz, siendo él una víctima de la guerra?

Es lo mejor que nos puede pasar. Aplaudo lo que se hizo, bien por el Gobierno y el presidente. Ya es hora y es más que justo que la guerrilla nos deje en paz a todos y que entienda que nadie quiere más esa guerra, porque todos queremos un mejor futuro y un mejor país para nuestros hijos.

Cuestionado sobre si guarda rencor hacia la guerrilla por lo que le sucedió, fue claro. “No, para nada. ¿Rencor por qué? Si todos, las dos partes hemos sido víctimas de esto que ha pasado”.

Y se le cuestionó sobre si perdona entonces a los alzados en armas, a lo que respondió: “¿Perdonar? Yo no tengo nada que perdonar. Estaba en mi trabajo. A ellos les han pasado cosas también. Entonces no hay nada que perdonar”.

La charla continuó, y Andrés nuevamente dejó ver su nobleza y buen corazón, cuando se le dijo si se sentaría en la misma mesa con los guerrilleros y los saludaría. Su respuesta fue rápida y contundente.

Claro que sí. ¿Por qué no lo haría? Son tan personas como nosotros, somos seres humanos. Todos hemos cometido errores y lo bonito es que los reconocemos. Yo no tengo problema con eso, los saludo bien, normal. No debemos dejarnos llevar por el odio y el rencor, debemos aprender a perdonar, si así se puede decir. O mejor, a darle la oportunidad a otros de reivindicarse con la sociedad, que haya mejor vida para todos.