¿Qué le da pavor al pesista Luis Mosquera?


Señal Colombia
31 / 03 / 2017

Cuando pequeño, a Luis Mosquera no le daba miedo jugar a mantener el equilibrio por las vigas desoladas de su casa. Como su padre aún no había hecho la plancha del segundo piso, el esqueleto de cemento era ideal para retarse con sus hermanos. La obra negra dejaba de ser eso, una casa a medio construir, para convertirse en un laberinto a más de dos metros de altura, riesgoso pero al fin de cuentas divertido.

Tampoco le asustaba ir al río Yumbo, a unas cuantas cuadras de su casa, a saltar entre las piedras y cruzarlo de un lado al otro. “El cauce no era fuerte. Lo maluco era caer al agua. Una vez me resbalé y me tocó andar con el zapato oliendo a podrido todo el día”, recuerda el pesista colombiano. El niño que no juega simplemente no es un niño y bajo ese mandato parece no haber espacio para los temores.

Mucho menos a la violencia, esa que se tomó su barrio para convertirlo en uno de los más ‘calientes’ del municipio. La ingenuidad de la niñez lo mantuvo alejado de las drogas y de las armas a pesar de que sus amigos fueron cayendo uno a uno. Tuvo mil opciones diferentes pero su esencia lo llevó por otro camino, la esencia de las buenas elecciones.

Si la crueldad de las calles no lo amedrentó, mucho menos la que tuvo que soportar de puertas para adentro, donde su padre llamaba a la disciplina a punta de porrazos. “Él era muy agresivo y me pegaba por todo. Si me caía llevaba del bulto, si me raspaba también, eso era pela a toda hora”. Aún recuerda la peor de todas, cuando le dio por jugar con la crema de afeitar de su papá y la gastó toda. El color blanco en su barbilla lo delató en el interrogatorio y lo condenó a la golpiza más dura que ha recibido.

Como el acero, su temperamento se forjó con fuego y golpes. Tampoco tembló cuando llegó por primera vez al coliseo del pueblo para levantar pesas con sus hermanos. El tierrero, las barras viejas y los discos obsoletos asustaban de por si. Pero no a él. Se acostumbró a esas condiciones mientras otros renunciaban antes del intento por miedo a una lesión.

Ya siendo profesional en la halterofilia no se amedrentó en ningún momento. Ni siquiera en un nacional de mayores en Cartagena cuando, a falta de unos días para la competencia, se dio cuenta que estaba cuatro kilos por arriba del peso requerido (62kg) y tuvo que buscar medias extremas. “Tomé laxantes a lo loco y a punta de ir al baño los perdí. Eso es algo muy bravo porque uno queda muy golpeado antes de competir”.

Pero entonces, ¿qué le da pavor a Luis Mosquera si su cuerpo resiste el dolor de forma innata y su mente luce más fuerte que una roca? Pues la respuesta lo asombrará. Lo que los calambres, las peleas, los golpes y la violencia no pudieron hacer, un temor de infancia sí. Un enemigo del cual todos huimos alguna vez pero que con el paso de los años tiende a desaparecer. Pero él lo ha mantenido con vida gracias a su gran imaginación, el principal alimento para que este siga latente.

“Dizque todo un pesista y con miedo a la oscuridad”, dice Mosquera entre risas. Después la alegría queda a un lado y comienza su relato, uno que se toma muy en serio como si estuviera hablando de un título mundial. “Soy de malas para esas cosas. Siempre que me toca dormir sólo algo pasa, suena una puerta, o se cae algo, o la ventana del cuarto se abre… todo pasa”. Inmediatamente, recuerda una historia a la que aún le busca esa explicación lógica que le de tranquilidad.

“Estaba en la concentración de unos juegos departamentales con un compañero y escuchamos que alguien nos llamaba. Fuimos a ver y no había nadie. Después llegaron los ruidos, como si estuvieran abriendo las ventanas y tumbando las sillas de la sala. Miramos y todo estaba en orden. Yo no aguanté la presión y me fui a dormir en mi casa. Al otro día nos contaron que ahí habían matado a una señora. Casi me orino del susto”, dice un hombre que no le tiene miedo a las cosas terrenales pero a las que no hacen parte de este mundo prefiere tenerlas de ‘lejitos’.

Foto: COC