El pasado viernes 9 de enero falleció la artista colombiana Beatriz González Aranda a sus 93 años. Con su partida, el arte colombiano perdió a una de sus figuras más influyentes, incómodas y lúcidas: una mujer creativa que hizo de la imagen popular, la política, el dolor y la memoria colectiva el centro de su arte, el cual durante décadas dialogó con la historia reciente de Colombia.
Beatriz González nació el 16 de noviembre de 1932, fue pintora, grabadora, historiadora y crítica de arte. Su trabajo, además de transformar la forma en la que se miraba el arte en Colombia, ayudó a construir una institucionalidad cultural desde los museos, la investigación histórica y la pedagogía.
Pintó, escribió, curó exposiciones y formó generaciones, siempre con una mirada crítica sobre el gusto, el poder y la violencia.
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De Bucaramanga a Bogotá: una formación marcada por la imagen
Beatriz González creció en el seno de una familia santandereana encabezada por Valentín González, político oriundo de Barichara, y Clementina Aranda. Se formó en el Colegio de las Franciscanas de Bucaramanga y en 1956 se trasladó a Bogotá para estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional, en una época en la que pocas mujeres accedían a ese tipo de carreras.
Dos años después abandonó esos estudios, regresó a Bucaramanga y trabajó en decoraciones y escenografías, hasta que en 1959 volvió a Bogotá para tomar un curso sobre El Renacimiento en Italia, dictado por Marta Traba. Ese encuentro marcó su vida. Ese mismo año ingresó al programa de Bellas Artes de la Universidad de los Andes, donde fue alumna de Juan Antonio Roda, Ramón de Zubiría y la propia Traba.
Aunque inicialmente pensó en dedicarse al diseño gráfico, la universidad le ofreció un espacio de experimentación que resultó decisivo. Allí instaló su estudio, entabló una estrecha amistad con Luis Caballero y comenzó a construir un lenguaje propio a partir de imágenes reproducidas, impresas y populares.
Pintar desde la copia, la imperfección y el gusto popular
Desde sus primeras clases de pintura, Beatriz González comprendió que no le interesaba la pintura “del natural”. Su atención se volcó hacia las imágenes reproducidas en libros, afiches y periódicos. “Me di cuenta de que no podía pintar así”, dijo años después, al recordar cómo una reproducción aguada de La rendición de Breda abrió el camino para encontrar su estilo.
Ese interés por la reproducción y la imperfección la llevó a cuestionar la supuesta fidelidad de las imágenes de los libros de arte y, más adelante, a mirar con atención la fotografía de prensa. En 1965 presentó en el XVII Salón Nacional de Artistas su obra Los suicidas del Sisga, basada en una imagen publicada en un periódico. Aunque inicialmente fue rechazada, ya que alguien la calificó como “un Botero malo”, el fallo fue reconsiderado y la obra obtuvo el segundo premio especial del jurado.
Ese episodio marcó un punto de quiebre. A partir de ese momento, González comenzó a trabajar de manera sistemática con tragedias locales, imágenes mediáticas y materiales no tradicionales, alejándose deliberadamente de los soportes “nobles” de la pintura.

Arte, política y memoria: una obra atravesada por el país
Tras estudiar grabado en la Rijksakademie van beeldende kunsten de Rotterdam en 1966, Beatriz González regresó a Colombia y dio inicio a una de sus etapas más reconocibles. Próceres de la historia nacional, retratos de familias “decentes”, escenas de la crónica roja, buses pintados, cromos populares y páginas sociales comenzaron a ser protagonistas en su obra.
Durante los años setenta y ochenta, su pintura se volvió cada vez más política. La figura del presidente Julio César Turbay apareció de manera recurrente en composiciones que oscilaban entre la tragedia y la comedia, mientras el país se debatía entre la violencia y la solemnidad oficial.
A partir de los años ochenta, tras hechos como la toma del Palacio de Justicia y el reclutamiento de su hijo por el ejército, su obra se concentró en el dolor, las víctimas y la memoria. “La labor del artista es no permitir que se olviden la muerte y el dolor”, afirmó.
Desde entonces, Beatriz González abordó temas como los desaparecidos, los cuerpos arrojados a los ríos, las masacres, el sufrimiento de las mujeres y las víctimas anónimas del conflicto armado, utilizando la repetición, la serialidad y una paleta cada vez más oscura.
Beatriz González: historiadora, curadora y maestra
Paralelo a su obra artística, Beatriz González desarrolló una extensa labor como historiadora y crítica de arte. Publicó investigaciones fundamentales sobre el arte colombiano de los siglos XIX y XX y sobre figuras históricas que habían sido marginadas del relato oficial.
Fue curadora de las colecciones de arte e historia del Museo Nacional de Colombia, directora de educación del Museo de Arte Moderno de Bogotá y asesora de las colecciones de arte del Banco de la República durante décadas. Su archivo personal, vasto y meticuloso, se convirtió en una herramienta clave para comprender el arte y la historia visual del país.
Una mirada incómoda que dejó huella
Hasta el final, la obra de Beatriz González insistió en mirar de frente la violencia, la repetición del horror y la fragilidad de la memoria. Con su muerte, Colombia despide a una artista que entendió el arte no como un refugio estético, sino como un espacio de confrontación con la historia.


