Camilo Gómez, el ‘Maradona’ del Deportivo Taz Santander


Señal Colombia
31 / 03 / 2017

Se volvió reconocido en el barrio Fátima de Bogotá porque pisaba el balón diferente, porque así hiciera paredes contra un andén y así pateara piedras o pedazos de ladrillos, Camilo Andrés Gómez Vanegas expresaba un talento especial. Por eso nadie le miraba la cara: solo veían cómo conducía la pelota con sus croydon de bota blanca.

Mejor era no mirarlo al rostro, porque siempre fue callado. Muy introvertido. Mejor que se expresara pisando y metiendo goles en esos torneos de barrio que disputaba en el parque de Fátima y también en la carrera 34 con calle 49, en la cuadra de Doña Concha, una vecina de la zona. Fue en ese espacio, que cerraban para que no pasaran carros, donde lo apodaron por siempre.

Maradona.

Así le empezaron a decir desde niño: porque siempre le daban el dorsal número 10, por la rapidez, porque era zurdo y porque era talentoso. Y por los 1.63 centímetros de estatura, pues en su casa ninguno se destacó por ser espigado: ni sus padres Crisanto y María, ni sus hermanos John Jairo, Carlos y Laura. Por eso ‘Maradona’ encajaba perfectamente y lo siguió demostrando en el Vera Fútbol Club, para el que jugaba en la cancha Chigüiros. También lo ratificó en el equipo Poli-Kennedy.   

Su pasión por la pelota no tiene mucho misterio: cuando adquirió consciencia ya le gustaba el fútbol gracias a su familia. Su abuelo Luis Eduardo Vanegas, hincha de Santa Fe, jugaba con él y sus primos en una terraza. Sus tíos tuvieron un equipo llamado Misura. A su papá, al que llaman Tato, también le encantaba el tema. Y los domingos tenían quórum suficiente para organizar un partido de tíos contra primos en el club de agentes de la Policía. Era sagrado.

El fútbol era el tema de las mesas en la familia de Camilo Gómez, de hecho sus hermanos, al igual que él, soñaron algún día con vivir de la pelota. Hasta su mamá simpatizaba con el fútbol, por eso le regaló de niño una camiseta del América, pero se volvió hincha del Atlético Nacional por un primo llamado Óscar que lo persuadió.   

En el colegio Mayor San Bartolomé siempre fue el niño con el balón debajo del brazo. Y en sus épocas escolares, alternaba el estudio con las prácticas de la selección Bogotá. Por eso se inscribió en las inferiores de Independiente Santa Fe, pero no prosperó. En el equipo cardenal se llenaron de excusas y hasta le dijeron que no servía por su estatura.

Pero antes de rendirse, el fútbol de la calle lo adoptó. Los fines de semana jugaba hasta cinco partidos por los barrios de Bogotá y recogía algún dinero. Mejor si no lo iba a ver jugar su familia, porque muchas veces coincidía con una expulsión. “Nunca fue agresivo, pero siempre fue de temperamento. De pocas palabras, pero rudo”, recuerda su prima Andrea, cómplice de todo lo que ha hecho Camilo por el balón.

Gracias a esa pasión, se paseó por Bogotá y por Colombia. No importaba si perdía, le sacaban roja o se lesionaba. Incluso una vez en Medellín, durante un torneo a principio de siglo, se cayó en un baño y se partió la clavícula. Pero pronto estuvo de vuelta para seguir pisando. Su carácter lo ha llevado a escenarios de Venezuela, Brasil, Bolivia, Argentina, Polonia, Vietnam y Bielorrusia, donde la selección Colombia se coronó campeón en el Mundial de 2015.

“¡Mara!”, le dicen de vez en cuando en el equipo para pedirle el balón. Todavía conserva la chapa. Pero a diferencia del crack argentino, a este bogotano lo conocen todos por su repulsión a las juergas, por la responsabilidad y el amor por su hija María Camila. También porque, ante todo, está la pelota. Él nunca hará que se manche.

Foto: Fecolfútsalón.