Johana Martínez le ganó a quienes dijeron que no podría ni estudiar


24 / 11 / 2015
Johana Martínez le ganó a quienes dijeron que no podría ni estudiar
Johana Martínez le ganó a quienes dijeron que no podría ni estudiar
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Nació terca, obstinada, guerrera. Y así morirá. Logrando lo que se propone y sin rendirse ante nada. Eso le quedó claro a Johana Martínez Vega el día en que vio a su mamá, doña Yolanda, devastada después de que en un colegio de Bogotá le dijeron que su hija tenía una discapacidad y que no podría estudiar normalmente y que era mejor que la retirara.

Cuando su mamá estaba embarazada, hubo una complicación y la bebé demoró más de lo previsto para nacer y eso le causó una leve lesión cerebral, que con el paso del tiempo le originó el llamado síndrome del pie caído, que consiste en perder fuerza y tamaño en su extremidad – en Johana fue el izquierdo-.

La pequeña sabía que tenía algo pero no le dio importancia. Corría, nadaba, montaba en bicicleta. Y se encaramaba a los árboles. “Ella sabe lo que hace. Así como se subió se va a bajar. Lento, con cuidado, pero lo hace sola”, decía la madre.

Cuando tenía 8 años fue intervenida quirúrgicamente para alargarle el tendón de Aquiles y permitir que caminara un poco mejor, y que la cojera no fuera tan severa.

Doña Yolanda veía que Johana jugaba mucho y que no soltaba una raqueta de tenis que tenía. Luego se enteró de por boca de su hija, que tenía mucho gusto por ese deporte. La niña acompañaba a su mamá y la veía jugar en las canchas del Club Militar o la Escuela Rincón Quiñónez, a donde iban en familia porque su padre, don Óscar, es militar retirado. Para ella el tenis tenía algo mágico. Soñaba ser como Mauricio Hadad, Pete Sampras o Andre Agassi.

Entrenó en la Liga de Tenis de la capital, pero las dificultades de movimiento de su pierna truncaron sus sueños, ya que los instructores veían cómo respondía bien en tiros al cuerpo o cerca, pero los que iban abiertos y obligaban moverse rápido, eran imposibles.

Johana alternó el tenis con sus estudios en el colegio Mater Dei, donde su rendimiento fue bueno y su relación con profesores y compañeros, excelente. Lo mismo sucedió en la Universidad Distrital, donde se graduó en administración deportiva.

Dentro de toda su rutina, pasa aún los mejores momentos de su vida junto a su amiga del alma, Angie Gil: “Somos muy unidas. Jugábamos voleibol, corríamos. Armábamos el desorden. Es más, sabe cómo me dice molestando, dizque mi pate’e cumbia. Tan mala (risas). Pero nos reímos mucho y la quiero mucho”.

 

Despertó la pasión

El no poder jugar tenis a gran nivel la frustró. Pero su futuro era jugar. Y la Universidad cambió su destino. Su amigo Giovanni Forero sabía de su amor por la raqueta y la llevó a donde Fabio Padilla, un jugador de tenis en silla de ruedas. Ella, sorprendida, se preguntaba cómo podía hacerlo. Ahí nació una gran amistad y cambió su vida.

Fabio la invitó a jugar, él en la silla y ella de pie. El amor por el tenis volvió a emerger en Johana. Él notó la dificultad en el pie de su amiga, y le propuso que jugara también así como él. Y le dio una auxiliar que tenía.

“Sentí algo de miedo porque no me imaginaba cómo impulsar la silla y llevar la raqueta en la mano para pegarle a la bola. Lo veía muy complicado. Fabio me explicó y lo intenté. Jugar se me hacía duro. Pero con la raqueta en la mano volví a sentir la conexión con el tenis. Me sentí plena”, cuenta Johana emocionada.

Y sigue su relato: “Al día siguiente me dio una silla que no tenía rueda de apoyo. Me caí muchas veces, comí tierra. Pero me levantaba y volvía. No me iba a dar por vencida. Y ahí comencé como deportista paralímpica, jugando tenis, lo que tanto quería”.

Jugó su primer torneo y Fabio sabía que le iba a ir bien. No lo defraudó. Le ganó a la favorita, aunque empezó perdiendo y luego remontó. Su impulso tuvo un golpe duro, pero se recuperó del mismo.

“Fui a un torneo en Estados Unidos. Me vieron llegar caminando y a pesar de mi discapacidad, me dijeron que debían evaluarme para ver si estaba apta para jugar. Me derrumbé. Tuve miedo, yo soñaba con jugar. Y dizque evaluarme cuando yo no podía tener ni la velocidad de reacción de alguien normal, ni la coordinación ni la fuerza. Al final me dijeron que era paralímpica y pude jugar. Y descansé”.

Se enteró que había un programa de entrenamiento en Holanda, donde se juega el mejor tenis en silla de ruedas, y la ITF le ofreció ir: “Yo acepté de una. Y me fui para Europa al estilo mochilero, sin plata pero con ilusiones. Allí conocí y entrené con Aad Zwaan, quien  entrenaba a la número uno del mundo, Jiske Griffioen. Y me puso a jugar con ella. Yo estaba soñando. Regresé a Colombia como la número 26 del mundo y la número uno de Suramérica”.

A Johana le gusta manejar, salir a dar vueltas: "Mi mamá me dice que parezco Juan Pablo Montoya. Sí, escuchó bien, yo manejo. Lo del pie no me molesta, mi carro es un Hyundai i10 normal, de tracción mecánica. Pero con este tráfico tan caótico a veces me da pereza. Lo que si hago es montar bicicleta, me fascina, a veces me molesta el arranque cuando debo parar porque tengo que subirme al andén”.

Se despidió agradecida. Va a entrenar y alistarse para la competencia. A sus 38 años de edad se siente plena. “Recuerdo todo lo que he logrado y me siento orgullosa. Y eso que dizque yo no podría ni estudiar. Y mire”.