Intentando lo imposible, Diana Peñuela construyó lo posible: correr en el Unitedhealthcare


31 / 03 / 2017

La primera bicicleta que tuvo Diana Peñuela fue gracias a Alpina. Y no precisamente por un patrocinio. Cuando tenía 14 años destapó un Bon Yurt y en el cartón que tapaba las Zucaritas estaba su premio. Esa bicicleta soportó el viaje de Bogotá a Manizales pero no su rudeza, mucho menos su mentalidad temeraria. Saltando andenes la vida útil de la ‘bici’ disminuyó hasta quedar inservible. Hasta ahí su primer contacto con el ciclismo.

La convicción por el trabajo y la responsabilidad de ser adulta la alejó del deporte y la llevó a estudiar ensamble de computadores en el SENA apenas se graduó del colegio. Su mamá estaba de nuevo sola y había una hermana menor que mantener. Con un dinero compró unas máquinas de coser para que su madre trabajara en casa mientras ella lo hacía en un plotter y en pequeñas litografías. El miedo de un pasado de escasez la volvió ahorrativa, exageradamente ahorrativa.

Sin embargo, la rumba extinguió la austeridad, pues era el escape a la rutina triangular que la mantenía anclada: de la casa al trabajo, del trabajo a la universidad, y nuevamente a la casa. Conoció el trago y la música electrónica. Conoció la noche de Manizales. “Estaba perdida. Me gustaba tomar mucho e ir a buenos barcitos”, dice Diana. Las obligaciones familiares la devolvieron a la realidad. En la búsqueda de canalizar esa energía, y de alejarse de todo, se reencontró con el patinaje e ingresó al club Milenio. Ya luego pasaría al Azores de Caldas.

Participó en varios departamentales con resultados regulares. En los nacionales fue peor (era la época en la que Cecilia Baena dominaba cada competencia en Colombia). Sus tobillos acusaron fragilidad. No tenía la técnica y por ende la inestabilidad en los pies fue mayor. Le recomendaron montar bicicleta. Aceptó la invitación de un grupo de amigos y salió a rodar por la avenida Santander. Adquirió una bicicleta trek de ruta en un millón doscientos mil pesos. Tuvo que vender algo, pero no recuerda qué. Simultáneamente siguió trabajando, esta vez en Specialized. Se deshizo de los patines y compró una ‘bici’ de ciclomontañismo para practicar con el Club Rueda Libre.

En su primera carrera, en el Pueblito Paisa de Medellín, todas las corredoras le cogieron vuelta. Llegó a la meta cuando estaban desinflando el dumi de la prueba. “Será que se perdió”, decían algunas personas mientras esperaban que apareciera Diana. Con 24 años no había categorías de novatos así que tuvo que competir de frente con Ángela Parra, Viviana Maya y Mariana Delgadillo, ciclomontañistas casi de nacimiento.

Dos semanas después corrió el clásico de El Colombiano buscando equilibrar la falta de rendimiento en la subida con kilómetros en las piernas. Se quedó con la camiseta de las meta volantes, no obtuvo el título, pero sí terminó por delante de sus demás compañeras. Regresó motivada a casa y compitió en el evento de la Feria de Manizales siendo la mejor de la prueba por encima de pedalistas más experimentadas como Sérika Gulumá. Los resultados en la ruta hacían tentativo el cambio de modalidad.

Diana rompió el marrano, organizó una rifa y buscó dinero donde no lo había para correr el Panamericano de Ciclomontañismo en el Castillo Marroquín, a las afueras de Bogotá, y la clásica de Anapoima. Esa competitividad innata, ese impulso de querer estar en todo y ganar, hizo que una locura terminara definiendo su futuro deportivo. “En el Panamericano quedé de 18 y en Anapoima fui campeona de la regularidad, además me metí en el podio”.

Efraín Guevara, en ese entonces presidente de la Liga de Santander, quedó sorprendido con su capacidad de sacrificio y la invitó a hacer parte del equipo Ebsa de ese departamento. Que le dieran uniforme y transporte para las carreras valía más que tener un sueldo. Llegó la primera convocatoria a la Selección de Colombia de ruta y con esta los viajes a la Vuelta al Salvador y a Costa Rica. Ya no había que pagar para correr. Ahora pagaban porque ella fuera y corriera, como cualquier otra rutera, como era el derecho de las cosas.

***

Diana empezó el 2015 sin equipo. Con el Specialized, dirigido por Jorge Iván González, estuvo en los Estados Unidos corriendo algunas pruebas en 2014, pero hasta ahí llegó todo. La ofertas no aparecieron. De manera recursiva, y sin esperar por los hechos, Peñuela prendió su computador, abrió google translator y empezó a traducir una pequeña introducción de su hoja de vida para enviar a cuanto equipo pudiera junto a su pequeño currículo. Al final solo una escuadra respondió el llamado.

Era el Dallas Racing, un club de ciclismo que pertenecía a unos puertorriqueños y que hacía las veces de equipo profesional. Estaban buscando tres corredoras élite para participar en las competencias estadounidenses y contar con Diana les pareció atractivo. Después de la hazaña de conseguir todo por sí misma, Peñuela respondió con buenos resultados. Logró unos cuantos Top 10 y se metió en varias fugas haciendo que la marca tuviera visualización. Tras el Mundial de ruta celebrado en Richmond, en el que terminó en la casilla 38, alguien se le acercó. La paciencia y la perseverancia funcionaron. “Hemos visto tu desempeño y queremos que hagas parte de nuestras filas”. Las palabras eran de la directora deportiva del Unitedhealthcare, uno de los equipos femeninos más importantes del mundo.

La escasez pasó a ser abundancia. Uniformes de presentación, de invierno, de contrarreloj, tres pares de zapatillas, bicicleta para entrenar, para carreras, para cronos, gafas y líquido para limpiarlas, crema para calentar las piernas, concentraciones, alimentación especializada, entre otras cosas, la indumentaria merecida por una mujer que intentando lo imposible construyó lo posible. “Es lo mejor que me ha pasado en mi carrera deportiva”, afirma la corredora caldense que seguirá en el Unitedhealthcare en el 2017.

No te pierdas la primera parte de esta historia: Desplazándose de un lugar a otro Diana Peñuela se encontró con el ciclismo.

Foto: Facebook Diaña Carolina Peñuela