La herencia que le dejó Rigoberto a Rigo

Los sábados rompían con la rutina. Sus clientes en la plaza y en las veredas, su patrón Pedro Nel Herrera que administraba las Apuestas Penderisco y su cómplice de ciclismo Jota Ele Laverde. Todos sabían que los sábados eran diferentes: que empacaba un talonario y un lapicero en su carriel por si acaso se encontraba a un comprador en el camino y que salía de su casa en lo oscuro para pedalear hasta las afueras de Urrao. A esa hora las queseras por las que pasaba seguían cerradas, no había salido la primera chiva para Medellín y el único ruido que se oía era el del tranquilo río Penderisco. Pero la cita con la bicicleta era inaplazable: así la niebla cobijara todo el valle, así el frío acusara el uso de ruana, así el rumor de guerra fuera evidente, así los aguardientes del día anterior lo hubieran indigestado.

Rigoberto padre, nacido en 1949, nunca buscó una excusa para evadir sus hábitos. El resto de la semana también salía en la madrugada de su casa, en el barrio La Plazuela, y buscaba muchas maneras de ganarse la vida. Se armaba de talonarios o arrastraba una carreta llena de electrodomésticos del almacén de Israel para rifar. Y conseguía que le compraran la gallina ciega, como le llamaba al acto de elegir él mismo una boleta para su comprador. La capacidad de persuasión era su materia prima.

“¡La gallina ciega, la gallina ciega!”, gritaba contra el viento por el pueblo. A veces a pie, casi siempre sobre su bicicleta. “Compre la gallina ciega, país”, decía para dirigirse a un particular. Mientras otros usaban “parce” y “compadre”, él llamaba “país” a sus clientes y a sus amigos. “Lleve la gallina ciega, mi país. Cinco números a mil pesos, mi país”, decía mientras amagaba escribir sobre el talonario. A la gente le gustaba que Rigoberto padre eligiera la suerte y que jugara esos números con la lotería de Medellín y Cundinamarca, preferiblemente. También les parecía simpático el discurso, los dichos ancestrales y la sonrisa indeleble.

La persuasión la aprendió en la calle y en el campo. Fracasando y volviendo a empezar. También en prisión. Rigoberto padre no nació en el pueblo sino en la vereda El Pabón, donde sembró café y papa, donde manipuló tierra y ordeñó vacas. Cuando fue consciente de sí mismo, ya era el hombre de la casa porque antes nunca hubo. Por eso Rigoberto llevaba el apellido de su madre Marta Inés Urán y no el de su papá Germán Sepúlveda. En el sentido estricto de las cosas, su verdadero nombre debió haber sido Rigoberto Sepúlveda, al igual que el de su primer hijo Rigoberto, que nació el lunes 26 de enero de 1987. 

De cualquier manera, Rigoberto fue su propio padre y el oficio era prioridad para sobrevivir. Por eso trabajó desde niño e intentó muchas maneras en su vida: tuvo gallos de peleas, domó caballos, montó negocios. Y vendió piñas en Venezuela, pero cuando lo descubrieron sin papeles lo retuvieron por cinco días antes de deportarlo. “A pan y agua, mi país”, contó al regreso sobre la retención.   

Su hermano Jesús Urán, diez años menor, lo veía como un padre y un modelo a seguir. En especial por su incapacidad para darse por vencido. También porque tuvo el coraje de levantarse cuando no funcionó como cantinero, ni administrador de un restaurante. El trabajo siempre fue la salida de Rigoberto padre. Jesús era su cómplice de aguardientes y mientras él se tomaba un tiempo del día siguiente para recuperarse de las resacas, Rigoberto padre ya estaba ofreciendo gallinas ciegas desde la madrugada.

Durante una noche de copas en 2001 hablaron, entre otras cosas, de una bicicleta que llevaba siete años archivada en la casa de Jesús porque su hijo Mauricio no había prosperado en el ciclismo. Rigoberto le habló de que su hijo Rigo necesitaba una, que Jota Ele Laverde le había insistido que lo inscribiera a la escuela de ciclismo Óscar de J Vargas, que el pelado montaba en una todoterreno de rines y manubrio rojos, que era muy pequeña y no servía para ruta.

Le dijo también que en esa bicicletica lo acompañaba a sus recorridos por las veredas para vender chanche y que lo dejaba rezagado. “Es una fiera pedaleando”, le dijo a Jesús, que nunca olvidaría una frase que generó incredulidad entre los oyentes. “Este muchacho va a salir para el mundo entero”. Jesús accedió a darle esa bicicleta de 14 kilogramos que llevaba los colores de la bandera de Urrao en el chasís: azul, blanco y verde. Le dijo que pasara al día siguiente por la casa y que la llevara al taller de Jota Ele Laverde para que la dejara óptima. Lo primero que recuerda Jesús del día después de esa juerga es una imagen borrosa en la madrugada: Rigoberto padre tocaba a la puerta para llevarse esa bicicleta de tres soldaduras.   

En ese momento, Jesús lo entendió –o lo sospechó– todo. Rigoberto Urán quería criar a imagen y semejanza a su único varón. De por sí, Rigo hijo se parecía en la fisionomía de la cara, también en el buen humor. Pero quería inculcarle algo más: la bicicleta para que expulsara toda la energía que estaba malgastando en el colegio, el ciclismo para que fuera lo que él nunca pudo, el deporte para que dejara de recoger botellas vacías de aguardiente que cambiaba por 50 pesos, los pedalazos para erradicar por siempre el asma que lo aquejó desde los seis años.

Esa fue la herencia que le dejó Rigoberto a Rigo: la convicción por el trabajo, la incapacidad para rendirse y el coraje sobre la bicicleta. La mezcla se la enseñó muy temprano, cuando improvisó un galápago en su bicicleta roja y lo sentó allí con sus pelos rubios para que lo acompañara a vender chance. Así que esa filosofía ya había quedado clara mucho antes de que Rigoberto papá muriera por culpa de un gatillo sin fundamentos.  

El sábado 4 de agosto, como el resto de sábados, rompió con la rutina del chancero. Salió antes de las seis de la mañana de su casa y pedaleó en contra de la neblina hasta la vereda Arenales, a 17 kilómetros de Urrao y donde comenzó a ver hombres encapuchados y armados en un morro, al lado de una finca y bordeando la carretera. No lo dejaron continuar su marcha y se sentó a que pasara el tiempo junto a una estatua del Divino Niño, o eso dice Jota Ele Laverde, que llegó a ese mismo punto con varios niños de la escuela Óscar de J Vargas. Nadie podía seguir.

Rigoberto y Jota Ele, que ese día llevaban gorra azul, conversaron junto a la estatua antes de que una voz con ínfulas los interrumpiera. Que hay que arrastrar un ganado, que listo, que tiene que ser el chancero porque el entrenador está encargado de los niños, que “sí, señor”, que chao, que “más tarde nos vemos, mi país”. Eso fue lo último que le escuchó Jota Ele. Luego lo vio subiendo un monte con cientos de cabezas y el resto de la historia aún le provoca llanto.  

En la quesera de Jorge Flórez Guzmán, donde también presidía el club Óscar de J Vargas, ya habían escuchado que los niños estaban arriba en la vereda Arenales. Rigo hijo, que esa mañana no pudo realizar ese recorrido por cuestiones académicas, ya sabía del retén antes del mediodía, pero el resto se lo informaron cuando pasó por la quesera. Jorge Flórez Guzmán lo vio impávido, otros lo consolaron sin argumentos, unos más lo acompañaron en silencio.

Solo una versión coincide con el pensamiento de todos los que sintieron como propia esa muerte: Rigo no volvió a ser igual desde ese día. En principio, lució más introvertido, menos partícipe de las pilatunas del colegio, más maduro. Después se convenció de que pedaleando podría expulsar el dolor y que así se sentiría homenajeando a su viejo. Se sentiría más cerca de él.

No hay otra forma de explicar que en octubre de ese año se consagrara campeón de la Clásica de Urrao y meses antes no hubiera figurado en su primera carrera oficial disputada en La Pintada, en el Suroeste antioqueño. De repente, Rigo pedaleó diferente. Pedaleó con más fuerza para lograr un objetivo que se volvió prioridad: mirar hacia al cielo al cruzar la meta.   

Por: Juan Diego Ramírez C., enviado especial Urrao.