El recorrido que forjó las piernas de Nairo Quintana


Señal Colombia
21 / 04 / 2017
El recorrido que forjó las piernas de Nairo Quintana / Instagram @nairoquincoficial
El recorrido que forjó las piernas de Nairo Quintana / Instagram @nairoquincoficial
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Muchas veces se ha nombrado los 16 kilómetros que Nairo Quintana tenía que recorrer en bicicleta desde su casa, en la vereda Concepción de Cómbita, hasta el colegio técnico Alejandro de Humbolt en Arcabuco, Boyacá. A ese trayecto se le atribuye la velocidad extra que tiene en su caja de cambios este ciclista en el momento de enfrentar una cumbre. Pero, ¿qué se sabe realmente de ese recorrido de 46 curvas e intervalos de peligrosas bajadas y planos extensos?

Señal Colombia Deportes viajó hasta Boyacá para comprobar con bicicleta en mano cómo era la travesía que hacía Nairo dos veces por día para ir a estudiar. El inicio de este viaje es la casa de los Quintana, ubicada en la segunda curva después de coronar el alto de Sote, a 12 kilómetros de Tunja en la vía que conduce de la capital boyacense a Barbosa, Santander. El hogar donde Nairo pasó su infancia no ha cambiado mucho. Las dos plantas originales aún se mantiene pero con una tonalidad diferente. El azul rey de muchos años ha sido reemplazado por un mural que representa los momentos más importantes en la vida del pedalista colombiano: vistiendo la camiseta de pepas rojas del Tour de Francia y sobre su máquina totalmente rosado en el Giro de Italia 2014.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Rodando en mi bici de crono, con un poco de frío pero muy a gusto. @canyon @arkeasamsic

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La caseta de ventas, que durante mucho tiempo estuvo ubicada en medio del suelo terroso de la entrada, fue cambiada por una tienda amplia que aún conserva el nombre que don Luis le puso cuando decidió tener un pequeño expendio de gaseosas, papas fritas, chicharrones y demás paquetes: 'La Villita'. Los triunfos de su hijo fueron suficientes para que la gobernación del departamento pavimentara ese pedazo que con el invierno se convertía en un barrizal, y ahora luce como un amplio parqueadero de visitantes. El televisor de 21 pulgadas, con fallas en la señal, sigue siendo el mismo al igual que las tres columnas de canastas de cerveza al lado de una de las neveras. Ya no es solo una, son tres neveras, más un mostrador y tres refrigeradores.

Al costado izquierdo está el pequeño pastizal en el que doña Eloísa mantenía sus gallinas, piscos, conejos y una que otra oveja, y donde Nairo arrojaba las partes inservibles de sus bicicletas condenándolas a un lento proceso de oxidación. En la actualidad hay una vaca que custodia sagradamente a su ternero y unas cuantas gallinas que se mueven con libertad después de dar los huevos que la madre de Nairo ofrece de manera atenta a los visitantes para que prueben la calidad del producto de campo.

En el otro flanco hay un negocio de recuerdos construido con unas cuantas tejas y cuatro palos de madera fina que tienen como base dos baldes azules llenos de cemento. “Dios proteja a nuestros compradores”, es el mensaje de bienvenida para quien quiera comprar una ruana, una alcancía rosada en forma de marrano, un llavero, una mochila tejida a mano o un pocillo de porcelana café con letras blancas que dice “De la casa de Nairo te traje esta bobadita”.

Así es el camino de Nairo

El recorrido inicia con un leve ascenso que tiene en su cima el campo de tejo 'El Moral', una pequeña casa que hace las veces de salón social y que tiene en su pared principal pintado el logo de Águila. Ahí se reúnen los fines de semana Héctor y Wilson Mata, Moisés y Pedro Sandoval, Ciro Camargo y Efraín Fúquene, vecinos de los Quintana, para apostar el ‘petaco’ de cerveza a 10 mechas. Tras la primera bajada lo único que se ve son montañas, una tras de otra, de todas las tonalidades de verdes posibles: manzana, esmeralda, estándar, turquesa, incluso mar a pesar de estar a cientos de kilómetros del océano.

Las tractomulas, con placas de Santander, son vigías de una carretera en la que los huecos varían de tamaño, de forma y hasta de color (algunos habitantes han pintado la malla vial para evitar accidentes). Los sembrados de papa son incontables y cubren las montañas desde las laderas hasta las cimas. La perfección del arado es tanta que, dan una sensación de simetría como si todo estuviera acomodado de manera exacta quitándole la naturalidad, valga la redundancia, a la naturaleza. Llegando a la primera planicie, después un descenso rápido a más de 40 kilómetros por hora, un grupo de gallinas huyen de un gallo alborotado. A los animales no les importa tener cuidado con el tráfico. Allí, es el tráfico el que debe tener cuidado con los animales. También hay cinco vacas y tres marranos, animales infaltables en cada finca como las antenas de Directv sobre las tejas de zinc.

Unos metros adelante, cuando es necesario sortear de manera ágil una falla geológica en la vía (según los habitantes de la zona ese desnivel lleva más de 10 años ahí), asoma un campesino sobre su caballo, con ruana por el frío, gorra por el inclemente sol y unas botas de caucho tan negras como la tierra de ese lugar, buscando las gallinas. “Estas ‘vergajas’ se van al menor descuido. Las cercas ya no sirven para contenerlas”, dice un hombre que arrastra las eses al hablar y con los cachetes tan rojos que parece apenado en todo momento. Seguido, en el kilómetro seis, está un retén de la Policía en el que los oficiales paran a todo automóvil que no tenga placas de Boyacá. Al frente, en una diminuta loma, hay una casa con una virgen en la entrada y ropa de niño extendida a lo largo de un improvisado tendedero de cuatro cuerdas.

En el séptimo giro, antes de meterse en una especie de socavón formado por dos montañas, está la entrada hacia la parte más recóndita de la vereda Casa Blanca, hogar de José y Fabio Reyes Yaquive, amigos de infancia de Nairo. El asfalto se llena de pequeñas piedras por lo que es necesario reducir la velocidad y transitar con cuidado. Las señales de doble curva avisan lo que viene por delante: un camino tosco que si no se sabe sortear puede generar un fuerte mareo de altamar. Los pinos radiata aparecen a ambos lados de la vía haciendo una calle de honor. Debajo de estos, los lugareños hacen pequeñas pausas en sus rutinas para escaparse unos segundos de los rayos del sol que a más de tres mil metros de altura golpean el rostro bruscamente y curten la piel.

El trayecto ha sido en su mayoría bajada. Ya falta el oxígeno y duelen las piernas, pues aguantar la cadencia que obliga la gravedad no es fácil. Las vans de Autoboy pasan cada 10 minutos rumbo a Moniquirá. Es sencillo identificarlas sin necesidad de verlas ya que antes de sobrepasar cualquier ciclista pitan tres veces alentando a quien va sobre la 'bici'. Una iglesia abandonada anuncia la primera recta del camino en la que el viento azota por todos lados. Los restos de un Renault 4 son usados por un grupo de niños que juegan al escondite ante la atenta mirada de una señora con saco morado, trenza hasta la cintura, y botas pantaneras que sigue cno sus ojos cuanto carro pasa por el lugar. Las montañas en forma de eme vigilan el pequeño valle en el que hay una escuela con dos salones, ocho casas y una tienda donde se alcanzan a ver algunos campesinos tomando cerveza (son las 10 de la mañana).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Casa Blanca es casi la mitad del camino. Tres perros 'gosques' salen con intenciones de ahuyentar al extraño. Uno de ellos se lanza a morder los pedales pero se asusta por el ruido de un Chevrolet Switf que pasa a más de 80 km por hora sin importar las señales escolares y los reductores de velocidad. Al terminar la recta está el desvío hacia San Pedro de Iguaque, un municipio que se esconde detrás de la cordillera como si no quisiera ser encontrado. Seguido, aparece el famoso punto de Aguavaruna, donde hay un pequeño tubo que sale de las entrañas de la montaña y del cual brota agua tan pura que la gente del lugar le ha atribuido poderes curativos.

Hasta allí bajaba doña Eloisa a tomar el líquido para sus jugos, y se estacionaba don Luis con su Renault 4 para vender frutas y verduras a los camioneros que se detenían para calmar la sed o simplemente a llenar unas cuantas garrafas. “Todo el mundo viene acá: en carro, a caballo, en bicicleta, a lomo de mula, por esta agua. Es la más pura del mundo”, dice la madre de Nairo. Es necesario reducir la velocidad por la humedad en la carretera que en varias oportunidades ha mandado a más de uno contra el piso.

La vía se va colando en medio de la cadena montañosa en busca del municipio. Flores blancas y amarillas le roban el protagonismo a las moradas que arrojan los cultivos de papa. Con las inmensas formaciones rocosas a lado y lado de la carretera, ya no hay espacio para sembrar. Las nubes hacen que las montañas parezcan pequeños nevados con cumbres totalmente blancas. Se ven las minas de caolín, una arcilla blanca usada para la fabricación de porcelanas, muy famosa en esa zona de Boyacá.

Los remaches advierten de las altas velocidades que se pueden alcanzar en el último tramo del recorrido. Allí está el único aviso que hay desde la salida de Tunja: “Arcabuco 1 kilómetro”. Una estación de radiocomunicaciones, ubicada en la cima de una montaña llena de eucaliptos, anuncia la llegada. De repente aparecen la peña de candela, el picacho de gaitas, la peña blanca, el alto de los santos, la loma de la paja, el alto de los helechales, el morro Jarique, el alto de jaguate, Guadalupe y Monserrate, picos de la cordillera de los Andes que vigilan Arcabuco.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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'Villa Amparito', hotel y restaurante, da la bienvenida. Almojábanas, amasijos y queso de hoja, los productos exhibidos en las afueras del lugar para que los turistas caigan en la tentación de parar. Contiguo está la cancha de baloncesto que los martes se transforma en mercado, el polideportivo, la estación de Policía, el montallantas 'El Cóndor', el restaurante 'Pronto Pollo', el parador de almojábanas 'La Palmera', el supermercado 'Granados' y la panadería 'La Rosita'. Por último, la cafetería 'El Transportador', donde se estacionan los camiones llenos de cantinas de leche vacías.

Una pancarta enorme con la imagen de Nairo delata al colegio técnico Alejandro de Humboldt, 28 minutos después de iniciada la travesía. Por fortuna no hubo caídas ni pinchazos. La dura bajada ahora se transforma en el más inclemente puerto de montaña para retornar al hogar de los Quintana. Las fuerzas no aguantan para regresar, mucho menos las ganas. En ese punto es en el que definitivamente se comprende por qué Nairo es Nairo, el mejor escalador del mundo.

También puedes leer: La pistola que disparó a Nairo.

Por: Camilo G. Amaya, enviado especial a Arcabuco, Boyacá