'Tenemos que hablar de Kevin', el diablo está en los detalles


Paola Arcila Perdomo
31 / 10 / 2019
Imagen de la película 'Tenemos que hablar de Kevin'.
Un adolescente mira su computadora mientras su madre lo observa desde la puerta de su habitación.
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A veces en el cine, los detalles dicen más que la historia. Descubre este uso narrativo en el cine de la escocesa Lynne Ramsay.

Los directores de cine siempre tienen una intención. Casi siempre es la de narrar una historia, pero otras veces, es exponer un punto de vista, recontar un hecho histórico o generar una emoción en el público.

Pregúntate: ¿has sentido incomodidad al ver películas como 'Birdman' o 'Whiplash', o te dan lástima personajes como 'El hombre manos de tijera' o David Spritz en 'The Weather Man? Es muy difícil decir que no.

Podríamos decir que transmitir una emoción o una interpretación de algo es otra forma de contar el cine, y es precisamente eso lo que hace la directora escocesa Lynne Ramsay en sus películas y, específicamente, en 'Tenemos que hablar de Kevin', una de sus películas más conocidas y que tuvo el honor de abrir el Festival de Cannes de 2011.



Lo podemos ver desde el primer plano. Hay una cortina blanca que se mueve lentamente con el viento sobre una ventana, en la noche. Hay un zoom lento hacia ella mientras el sonido de lo que parece ser un rociador de agua parece incrementarse. ¿Qué hay detrás del velo? Aún no lo sabemos. La luz es cada vez más brillante y el sonido del rociador mucho más fuerte, ahora acompañado misteriosamente de voces que gritan. En menos de 20 segundos Ramsey ya logró su primer objetivo: sientes una perturbadora intriga, apenas una pequeña dosis de lo que será el resto del filme.

La ventana al parecer nos lleva a un recuerdo y, en el siguiente plano, en medio de un caos de personas, aparece Eva -interpretada por Tilda Swinton- quien sonríe mientras es untada con tomates de pies a cabeza por una turba casi en estupor. La cargan, es pasada por encima de la gente y de mano en mano en una fiesta española, "La Tomatina". La escena está completamente pintada de rojo y este color se pasa de pronto al siguiente plano, en el que siendo de día vemos nuevamente la ventana y la cortina ahora manchadas y a Eva despertando para descubrir cómo su casa ha sido vandalizada con pintura roja. En menos de un minuto y entre las dos escenas hay un contraste de emociones: la aparente felicidad del pasado y la impotencia del presente. Llegan sin que nadie haya dicho nada y solo puedes sentirlas observando los detalles que se construyen al juntar los planos. Así inicia esta película que no cuenta con una estructura lineal, que mezcla cada tanto el pasado y el presente y que ayuda a construir, a través de los recuerdos de Eva, el crecimiento de su hijo, Kevin.

A partir de aquí, cada momento de la película es un juego para el espectador y el reto es descubrir las intenciones escondidas de la directora en cada plano.

La tragedia vista en los rostros

Cada vez que la cámara enfoca a los dos personajes principales, Eva y Kevin -interpretado por Ezra Miller- podemos leer en sus rostros los gestos, señas y guiños que demuestran una constante falta de empatía entre ellos y que se convierten en un medidor del odio que se va engendrando entre ellos.

Hay una centena de planos que generan incomodidad, rabia y tensión. Con esta imagen que vemos a continuación, para ejemplificar la constante de estos gestos, vemos a Kevin desde abajo (en un plano contrapicado). Parece furioso y también demuestra cierto aire de superioridad, toca el agua con ira, contrayendo la boca y mirando con rabia. ¿Qué significa ese gesto en el contexto de la escena a la que pertenece?, ¿puedes adivinarlo?.

En otro plano, que podemos ver también a continuación, Kevin está cenando con su madre y la mira con superioridad, casi burlándose de ella. Un reto constante frente a la relación que tienen madre e hijo.

Otra de las constantes del filme es la comparación de gestos y posturas entre los protagonistas en la permanente yuxtaposición y contraste entre planos. Es allí donde es más fácil ver las intenciones de la directora. Ramsay intenta demostrar que los dos, protagonista y antagonista, tienen muchas semejanzas.

Uno de los mejores ejemplos de este tipo de intenciones es el siguiente plano, en el que Eva mete la cabeza en el agua, la agita y de pronto se convierte en su hijo. Lo que tanto odia también está dentro suyo.

También están las muecas con las que madre e hijo demuestran su desprecio y se desafían constantemente, incluso desde que Kevin era un bebé. Basta con ver un collage de planos diferentes entre madre e hijo.

La ansiedad entre las manos

Así como el detalle de los rostros construye sobre las emociones negativas entre los personajes, las manos parecen hablar de sus inseguridades, ansiedades y similitudes, construyendo un lenguaje paralelo entre los personajes.

Son muchos los planos que expresan una idea o emoción a través de las manos de sus personajes. Basta con ver el video editado por el actor Igor Fernández, quien tomó todos los planos de las manos que hay en la cinta.

Los espacios de la sangre

Otro de los principales elementos narrativos de esta cinta es el color rojo, y son pocos los planos en los que este elemento no aparece. Además de la tomatina, también encontramos planos generales en los que las paredes de la casa de Eva están manchadas de pintura roja al igual que su auto y sus manos en gran cantidad de escenas. También tenemos planos medios donde vemos las marcas rojas de la ropa en los protagonistas, en la comida, hay mermelada roja untada sobre una mesa y sopas de tomate detrás de Eva mientras se esconde en una góndola de supermercado, también se ve en los semáforos cuando hay prisa. ¿Querrá Ramsay decirnos algo con el uso de este color?, ¿o no?

También el uso de la luz tiene intenciones, y es que Eva visita una y otra vez, durante todo el filme, diferentes lugares y situaciones a través de sus recuerdos, los cuales están condicionados por la percepción del entorno en el que se encuentra. En el pasado las imágenes tienen un poco más de luz, sobre todo cuando hablamos de recuerdos familiares, pero en el presente los espacios se perciben como opacos, lo que puede dar la sensación de opresión.

Todo lo anterior es muestra de que Ramsay, a pesar de tener apenas tres largometrajes entre nueve trabajos cinematográficos (entre cortos y clips musicales), ya tiene una firma propia y un espacio entre los grandes del cine. Lo suyo es usar imágenes en lugar de palabras y hacer un cine más poético, uno que no es literal, sino que requiere de una audiencia más sensible y atenta al detalle.

La directora de Tenemos que hablar de Kevin te lleva a la incomodidad, al odio, a la ansiedad o a la impotencia a través de sus construcciones entre imágenes y sonidos; es allí donde se percibe su sello, se sienten las emociones que quiere generar, incluso logra molestar con algunas escenas.

El filme que estará pronto en nuestra pantalla, es una oportunidad para descubrir el cine desde otros acercamientos al séptimo arte. ¡Cuéntanos qué te parece!, esperamos tu opinión al respecto.