¿Se pueden quemar los libros digitales?


David Jáuregui Sarmiento
16 / 04 / 2019
Imagen del documental 'Ismael, el último guardián'
Imagen del documental 'Ismael, el último guardián'
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Ismael Diadié Haidara, protagonista del documental 'Ismael, el último guardián', huyó de Tombuctú hacia el exilio en Granada, España, escapando de la muerte y de quienes querían destruirlo junto a miles de libros. Esta anécdota sucedió en abril de 2012, cuando los salafistas de Ansar al Din y sus aliados de Al Qaeda rodearon su casa.

Buscaban la destrucción del Fondo Kati, un legado de más de 12 mil manuscritos científicos, poéticos y religiosos que los salafistas querían destruir por considerar el contenido sus páginas adverso a sus creencias religiosas y políticas. Para lograrlo, debían quemar la biblioteca andalusí creada por la familia Kati que fue reunificada por su último guardián, Ismael.

Fotograma del documental Ismael, el último guardián

La quema deliberada de libros suele estar asociada con actitudes intransigentes y totalitarias, que no solo atentan contra la libertad de expresión, sino con la libertad de informarse, educarse y hacer decisiones por cuenta propia (de manera argumentada). Eso implica que la gente que no puede leer porque han quemado libros no tiene libertad para tomar decisiones y, con las páginas hechas cenizas, quienes las han quemado se quedan con ese poder.

La primera gran quema de libros de la que se tiene registro fue precisamente por ese motivo. En el año 213 a. C., el emperador chino Qin Shi Huang, más conocido por su ejército de terracota en Xian, ordenó hacer una gigantesca quema de textos para consolidar su poder en el nuevo imperio. Este episodio se conoce como "quema de libros y sepultura de intelectuales" porque Qin ordenó decapitar a 460 intelectuales. Con el tiempo se entendió que su objetivo no era tanto borrar todo rastro de pensamiento anterior a su liderazgo, como mantenerlo bajo el control del gobierno.

A partir de ese momento, el contenido de todos los libros, los de poesía, los de filosofía y los de historia, era sistemáticamente controlado. No se sabe cuánto se perdió con exactitud, pero se cree que destruyó prácticamente la totalidad de lo que se había escrito hasta ese momento sobre historia y poesía. Los pocos libros que se salvaron trataban sobre guerra, medicina, agricultura y adivinación.

El hecho recuerda las quemas de la biblioteca de Alejandría, en la que se estima que el 75% de toda la literatura, filosofía y ciencia griega antigua se perdió; o la operación de quema de libros ejecutada el 10 de mayo de 1933, bajo la coordinación de Joseph Goebbels, el ministro para la ilustración pública y propaganda del régimen Nazi. En dicha ocasión se quemaron libros en Berlín y en otras 22 ciudades alemanas. De acuerdo con W. Jütte, autor de La biblioteca alemana en el Nacionalsocialismo, se destruyeron las obras de más de 5.500 autores judíos.

Más recientemente, según reportaron medios internacionales, en marzo de 2019, sacerdotes católicos polacos protagonizaron una particular quema de libros que incluía copias de la saga literaria juvenil Harry Potter. Lo irónico, destacaron medios internacionales, es que dicho evento se dio una semana después de la publicación de un informe que documenta el abuso sexual de niños por casi 400 sacerdotes polacos.

Sin embargo, poco logran con ello. Los libros de Harry Potter están disponibles en todas partes, incluyendo internet. Lo mismo pasaría con casi todas las obras populares académicas y literarias que quisieran ser quemadas, pues al fin de cuentas casi todas han sido digitalizadas.

Entonces, ¿por qué se queman libros en la era digital?

Además de la amenaza directa que simboliza para quienes los leen o los quieren leer, la respuesta tal vez sea que a las lecturas digitales y todo el mundo digital se puede controlar con facilidad, debido a la conectividad por internet de la mayoría de ciudadanos. En cambio, si una lectura en físico se pierde y no ha sido digitalizada, tal vez ese sea el destino final definitivo de un texto.

El control de la información

El control de descarga, distribución e incluso de lectura puede ser más eficiente que destruir libros físicos, sin necesidad de hacer penosas quemas públicas.

Tal vez los libros físicos sean más difícil de controlar que los digitales, pues estos no se pueden quemar, pero sí se pueden mantener a raya. Después de todo, los libros, como los bytes y gigabytes, lo único que contienen es información.

Prueba de ello son los 10 países que más ejercen control sobre la internet, que bloquean activamente sitios web que están en desacuerdo con los dictámenes del gobierno oficial. Para lograrlo, además de restringir el acceso a sitios web comunes como Yahoo, Google y MSN, a menos que esos sitios cedan los nombres de todos los bloggers que utilizan sus servicios, también filtra la información que circula en correos electrónicos, redes sociales y todas las demás formas de comunicación basadas en la web con el fin de bloquear la actividad disidente.

Los cibercafés, por ejemplo, están obligados a llevar un registro de los usuarios y de la actividad, y poner esos registros a disposición de la policía bajo petición.

De acuerdo con la página que promueve la libertad en internet, Le VPN, el listado de países que encabezan dicha lista están en conflictos armados o bajo dictaduras o democracias totalitarias, algo que no sorprende, si tenemos en consideración lo que las quemas de libros y su versión actual -el control de la información- significan para las libertades civiles.

El listado lo encabezan Myanmar (antigua Birmania), Túnez, Siria, Irán, Arabia Saudita, Etiopía, Eritrea, China y Corea del Norte. Otros países ampliamente conocidos por ejercer control sobre la información, como Cuba, controlan estrictamente el acceso a internet, los usuarios solo pueden acceder a la red a través de puntos de acceso oficiales. El uso es limitado, el historial de navegación es supervisado y solo a individuos en favor del Gobierno se les permite subir contenido.