¿Por qué exigimos más a nuestros deportistas que a los políticos?


David Jáuregui Sarmiento
30 / 05 / 2018
Imagen del documental "La mentira de Armstrong".
Imagen del documental "La mentira de Armstrong"

Los deportistas son los causantes de las alegrías de patria más grandes del país, pero también desatan la furia en sus seguidores cuando no cumplen como súper humanos. ¿Por qué los mitificamos?

En 2012, la USADA (Agencia Estadounidense Antidopaje) hizo público un informe en el que fundamentó la acusación de dopaje contra el ciclista norteamericano Lance Armstrong con pruebas "concluyentes e irrefutables", hecho que derrumbó la leyenda del ciclista y lo condenó a pasar de la máxima gloria al desprestigio absoluto y el rechazo de la sociedad. La caída de Armstrong no solo le significó devolver títulos y enfrentar demandas de sus patrocinadores y del Departamento de Estado de Estados Unidos, sino la desmitificación de un súper héroe y una nueva etiqueta de villano.

Sin embargo, no es la primera vez que un deportista comete errores graves en el desarrollo de su carrera, y otros de renombre internacional, como el golfista Tiger Woods o el jugador de la liga de fútbol americano (NFL) OJ Simpson. De Woods, por un lado, fue revelada la infidelidad a su esposa Elin Nordegreeen, mientras que Simpson fue culpado del asesinato de su exesposa y un amigo de ella, aunque fue declarado inocente en 1995.

Otro ejemplo cercano son los futbolistas Diego Armando Maradona y el Tino Asprilla, que fueron tan ovacionados por sus habilidades en el balompié como criticados y rechazados por sus escándalos relacionados con drogas y excesos. En el caso del siete veces campeón del Tour de Francia, Lance Armstrong, la noticia de su consumo de sustancias para favorecer su rendimiento resultó, incluso, en un documental llamado La mentira de Lance Armstrong, que se transmitirá por Señal Colombia.

Pero las conductas que mencionamos con anterioridad son regulares y recurrentes en todos los espectros de la sociedad, como el consumo de drogas, el gusto por el sexo o la fiesta y, en casos mucho menores, posibles agresiones contra la vida de otras personas. Entonces, ¿por qué a los deportistas se les condena con más severidad cuando son descubiertos en dichas actitudes?

Para Guillermo Montoya, antropólogo, Magíster en Industrias de Fútbol de la Universidad de Liverpool y Magíster en Antropología de la Universidad de los Andes, este tema recuerda el concepto que el sociólogo francés Guy Debord acuñó desde finales de los 60: la "Sociedad del Espectáculo". Con este concepto, el sociólogo explicó que vivimos en una sociedad "espectacularizada" en la que los medios de comunicación, tanto tradicionales como las redes sociales en la actualidad, cumplen un papel fundamental en casi todos los aspectos de la vida cotidiana de nuestras comunidades. Esto le da un papel preponderante en la vida cotidiana a quienes son los protagonistas del mundo espectacularizado.

De la misma forma, otros pensadores de las ciencias sociales han llamado a esta conformación del espectáculo alrededor de la sociedad como las "industrias culturales", que al final son todo lo que conllevan los productos culturales (desde el cine hasta los deportes) de consumo masivo: desde su pura presentación, hasta los valores o antivalores que promueven, los comportamientos sociales y otros aspectos empaquetados en productos de consumo gigantescas porciones de personas.

 

“Entonces aquí convergen varios elementos macro sociales. Tenemos un incremento en la importancia social de los deportes profesionales, sobre todo en el momento en el que dejaron de tener un componente eminentemente lúdico y se convirtieron en industrias. Hoy por hoy, el fútbol profesional en países como España, Argentina, o incluso Colombia, marcan hasta uno o dos puntos de sus respectivos Producto Interno Bruto (PIB), medición utilizada para medir la productividad de un país en una cantidad de tiempo específica. Esta importancia social del deporte profesional se representa en el creciente interés que despierta en distintos sectores de la sociedad (…) el deporte hoy todavía es entendido como una de las instituciones de mejor prestigio en la medida que se ha relacionado - ideológicamente - con la salud; pero también con la educación, la pedagogía, la paz y el desarrollo económico”, explicó Montoya.

Para Montoya, buena parte de ese fenómeno, en el que al deportista se le juzga con un rasero mucho más alto debido a su mitificación se despierta en sectores de nuestra sociedad que ven en el fútbol un vehículo de movilidad social ascendente, pero más especialmente en sectores socioeconómicos marcados por altos índices de pobreza, violencia, y en general escasas oportunidades de trabajo, educación, salud, etc. Para el académico esto hace que la profesión de deportista, y la posibilidad de ser exitoso, se convierta en algo sumamente atractivo. Si a esto le sumamos la simbiosis entre deporte profesional y espectáculo, “empezamos a testificar el surgimiento del deportista profesional como un modelo social deseable y digno de ser copiado, fomentado, reproducido”, concluyó.

 

Sin embargo, esta facción de modelo a seguir del deportista no es gratuita. Tanto para Montoya, como para Alejandro Córdoba, historiador de la Universidad Nacional, esta relación también está ligada al desencuentro histórico que los personajes de la vida pública han dejado en el imaginario colectivo, dada la corrupción rampante que se ha demostrado en muchas de las esferas de la sociedad en la cotidianidad de nuestro país. “Vemos que instituciones tradicionales, al igual que modelos sociales de antaño dejan de tener validez y legitimidad y dan paso para que otros modelos que responden a otras realidades sociales se instalen en nuestra sociedad”, agregó Montoya.

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De esta manera, el deportista tiene la posibilidad de posicionar el nombre de un país, así solo sea de forma transitoria e incluso simbólica, entre la élite de naciones a nivel mundial. Esto, para Colombia, tradicionalmente ausentes de los escenarios importantes de la geopolítica mundial, resulta ser muy importante en el imaginario de la gente, pues se trata de oportunidades únicas de figurar en un escenario mundial.

“Esta posibilidad de volver ‘sujetos ideales´, muy cercanos a verdaderos héroes, hacen que, por ejemplo, idealicemos a James Rodríguez, Nairo Quintana o un Falcao García, pero que a la vez estemos muy poco dispuestos a reconocer a sus errores. De allí que sus aspectos negativos tengan índices de rechazo aún mayores. De los políticos no esperamos nada, pero de nuestros deportistas, al menos una posible redención de la Patria”, concluyó Montoya.

El historiador Alejandro Córdoba, se adhiere a la postura de que históricamente el país ha vivido una suerte de desesperanza o futuro incierto en su cotidianidad que los deportistas generan alegrías colectivas a las que no estamos acostumbrados. “Sin embargo, resulta contradictoria la exigencia que hace la sociedad al deportista frente a la que se hace a otras figuras de la vida pública relacionadas, por ejemplo, con la política y la administración del Estado, porque aunque los deportistas se hacen prácticamente solos, e incluso en otros países, y no reciben -o en muy pocos casos- ayuda colectiva o del Estado, es a ellos a quienes se les pide más, cuando es a los representantes del Gobierno a quienes deberíamos dirigir esa carga. Peor aún, cuando fallan la opinión pública en cambio de apoyarlos, destruyen la moral del deportista con críticas sobreactuadas e innecesarias”, afirmó Córdoba.

Para Córdoba, el hecho de que el país ha sido muy apegado a la norma, so pena de la costumbre a ser ignorada por las clases políticas del país, esa responsabilidad se traslada a quienes consideran son los verdaderos representantes del país: los deportistas.