Las dos caras de la migración: ¿derechos humanos o bienestar propio?


David Jáuregui Sarmiento
07 / 09 / 2021
Documental "Frágil Equilibrio"
Migración
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Según cifras de la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), durante las dos últimas décadas la población mundial de personas desplazadas a la fuerza ha aumentado significativamente, pasando de 33,9 millones en 1997 a 65,6 millones en 2016, producto de conflictos armados o dificultades económicas alrededor del globo.

Según el mismo reporte, se calcula que cada minuto al menos 20 personas se convierten en desplazadas, y el incremento alcanzó picos récord en 2016, en parte por los conflictos como el de Siria junto con otros en la región, como por ejemplo en Irak y Yemen, así como en África Subsahariana, incluyendo Burundi, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Sudán del Sur y Sudán.

Los cálculos de la Acnur no son alentadores, pues tienen en su radar que hay al menos 65,6 millones de personas desplazadas a la fuerza en el mundo, unos 16 millones de personas más que toda la población de Colombia, de todo un país. Es decir, para hacernos una idea clara, las cifras de desplazados en la actualidad son como si a todos los ciudadanos del país, más una parte de alguno de los vecinos, los hubieran sacado a la fuerza para sobrevivir sin ninguna garantía en cualquier otro lugar con todas las dificultades que eso plantea, como empezar de nuevo, conseguir permisos de trabajo, sustento sin validación de títulos profesionales o experiencia laboral certificada. En otras palabras, para empezar desde cero y eso, si por el camino también se logra sortear la muerte.

De acuerdo con Laura Nossa, internacionalista e investigadora del instituto Pensar de la Universidad Javeriana, y magíster en estudios de paz y resolución de conflictos de la misma universidad, las migraciones -en mayor medida que los desplazamientos internos- despiertan dos contradicciones en los Estados modernos y en sus ciudadanos: por un lado, la noción de soberanía propia de un país (que está necesariamente relacionado con el nacionalismo) y por otro con la defensa de la universalidad de los derechos humanos, supuestamente defendida ampliamente por los Estados modernos. Pero también sobre el migrante malo y el migrante bueno o, en otras palabras, el migrante que viene con recursos económicos y preparación académica formal y el migrante sin recursos desprovisto de estos elementos.

Bajo esa premisa es que la gente bien puede preferir que un extranjero muera por el camino migratorio a tener que arriesgarse a deteriorar su nivel de vida.

Laura Nossa

"Vivimos en Estados que se plantean la necesidad de proteger sus fronteras en un momento histórico de globalización, que se ha abanderado por ejemplo en temas económicos y que ha apoyado el movimiento de ciudadanos de sus países libremente, pero a la vez reivindican las fronteras y el hermetismo. A la vez, este hermetismo soportado en medidas como el levantamiento de muros o mayores restricciones al inmigrante, al mismo tiempo lleva a el fortalecimiento de los mercados que movilizan a las personas. De esa forma los Estados buscan criminalizar al inmigrante a la vez que favorecen una economía ilegal y sectores empresariales para los cuáles es muy bueno tener personas indocumentadas para trabajar por salarios irrisorios sustentados en su necesidad de ingresos", explicó Nossa.

Para expertos como la internacionalista, esa postura resulta problemática porque legitima estándares de no dignidad de las personas, poniendo en contradicción la postura soberana del Estado y además desconociendo la pretensión de universalidad de los derechos humanos. "Pesa más en el imaginario político esa noción de soberanía que los derechos humanos. Bajo esa premisa es que la gente bien puede preferir que un extranjero muera por el camino migratorio a tener que arriesgarse a deteriorar su nivel de vida; especialmente cuando el país receptor no tiene condiciones de primer mundo como Colombia, que ya tiene una economía debilitada", agregó Nossa.

¿Debería dejar de primar el bienestar propio para mantener la dignidad de otro ser humano, tal como propone el discurso de los derechos humanos?

Así, cuando se trata de refugiados, los Estados y los ciudadanos a veces prefieren hacer a un lado el sentido humano universal y solidario que promueven los derechos humanos, en parte porque, por ejemplo, los costos económicos para una sociedad al tratar con refugiados son bastante altos: temas como cubrimiento del sistema de salud, de acceso a la educación e incluso por la técnica burocrática que debe desarrollarse para atender el problema y que los gobiernos, entre menos eficientes tienen más dificultades para atender, hacen parte de las ansiedades que genera la migración masiva.

Al respecto, Nossa recordó que el estudioso polaco Zygmunt Bauman ya venía analizando el fenómeno por las recientes migraciones masivas (como la de Siria a Europa) y había encontrado esa dualidad a la que se enfrenta la humanidad: ¿debería dejar de primar el bienestar propio para mantener la dignidad de otro ser humano, tal como propone el discurso de los derechos humanos?

"En las zonas desarrolladas del planeta en las que tanto migrantes económicos como refugiados buscan acogida, el sector empresarial ve con buenos ojos e incluso codicia la afluencia de mano de obra barata, cuyas cualificaciones diversas ansían rentabilizar (…). Sin embargo, para el grueso de la población, acuciada ya por una elevada precariedad existencial y por la endeblez de su posición social y de sus perspectivas de futuro, esa afluencia no significa otra cosa que enfrentarse a más competencia en el mercado laboral, a una mayor incertidumbre y a unas decrecientes probabilidades de mejora", explica Bauman en el libro Extraños llamando a la puerta.

De esa manera, el conflicto que genera el interés por socorrer a quien más lo necesita se ve necesariamente enfrentado al puro instinto de supervivencia de los ciudadanos y en particular, explicó Nossa, de la clase media, que ve en la fragilidad de su posición el mayor temor. En parte, podría afirmarse que dicho fenómeno explica que en sociedades aparentemente libertarias (al menos en su discurso nacionalista) como la estadounidense se hayan visto tan aceptadas actitudes abiertamente xenofóbicas e indolentes como las que promovió el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos.

Sin embargo, hay otro factor que impulsa a que la dualidad de ayudar o sobrevivir como sociedad se mantenga latente: hay responsabilidad en los medios de comunicación, que en su afán contemporáneo de la inmediatez olvidan con frecuencia la responsabilidad de informar con criterio y con suficiente información como para que sea el ciudadano el que se forje un criterio sobre uno u otro tema.

"Son crecientes las señales de que la opinión pública, confabulada con unos medios ansiosos de audiencia, se está acercando, sin prisa pero sin pausa, al punto de cansarse de la tragedia de los refugiados. Niños ahogados, muros erigidos precipitadamente, vallas con concertinas, campos de concentración atestados, gobiernos que compiten entre sí por rematar una desgracia -como ya los de por sí la de exiliarse, escapar por los pelos de una situación mortífera y correr lo atosigadores peligros de ese viaje para ponerse a salvo- y que además tratan a los migrantes como papas calientes que pasarse unos a otros: todas esas indignidades morales no solo son cada vez menos noticia, sino que salen cada vez menos en las noticias", sostuvo el sociólogo polaco en su argumentación.

En el caso de Colombia, por ejemplo, frente a la migración de nacionales venezolanos se ha exaltado que para finales de 2017 más de 550 mil ciudadanos de ese país estaban en el territorio nacional colombiano, y enfatizaron los costos económicos para el país en renglones como la cobertura de salud, de educación e incluso de incremento de inseguridad. Fue algunos años después del cierre de la frontera en 2015 que, en contadas publicaciones, se puede encontrar que una buena cantidad de venezolanos que ingresaron al país no lo hacían de forma permanente (como lo consignó recientemente el Diario El Tiempo) y, además, que muchos tenían derecho a llegar al territorio por ser colombianos ante los ojos de la Constitución política, es decir, porque son de padres colombianos, o tienen doble nacionalidad entre otras formas similares de derecho a la nacionalidad colombiana.

A su vez, los medios también ponen especial atención en la crisis del país vecino sobre las problemáticas propias del país y atizan el miedo a que la llegada de los venezolanos sea una extensión del problema de la nación vecina, al punto que este tema hace parte de los obligatorios de discusión de las elecciones presidenciales.

Sin embargo, a pesar de esas dos caras que plantea la migración, el desplazamiento y los refugiados, como plantea el documental Frágil Equilibrio, la discusión no está en cuál de las dos es la que debe primar, sino la posición en la que pone a la humanidad esa dualidad: en determinado punto, tener que decidir entre el bienestar de unos y otros muestra que la especie se deteriora peligrosamente y, peor aún, por temas políticos y económicos que en realidad manejan unos y pocos y rara vez son quienes tienen que dejarlo todo atrás para sobrevivir.